David González Lobo

Siete poemas

 

Tony Soto: Sin título

 


 


Un día después



Un árbol adentro

y un incendio afuera,

sencillez final

en que se convierte

lo perdido.



La tabla escrita,

y la pulverizada,

cosas de la madera

y de la carne.




En la hora Limpio mi cuerpo, sigo temblando en el lomo del animal. La hora de la pesa, caer hincado protestando. Un cuchillo hondo y vértebra seca desde la sequía tardando tanto. Lo de adentro déjenselo a mi gente, es lo que vale. Repartan, den al mundo la carne muerta. Siempre esta limpieza para morirnos. (a Tania Pérez)
Si no apareces en el ojo de la flecha Si no apareces en el ojo de la flecha para qué tocar las heridas que descubre el cielo. Mira el carruaje y el barco donde comenzó la fiesta de tu viaje y piensa en la miel derramada en la hierba, cuando en el mar o sobre la tierra se quiebra o se hunde un pequeño cántaro. Uno aprende la vitalidad de un secreto fructífero, la sintaxis del horizonte.
Lunes Ahora, mañana o cuándo, cada vez es siempre, lo sabría si no me mintiera. Si de esta herida el agua y en el espejo la sangre palpitase en risa luego, si me levantase y no me fuera si naciera aquí como en cualquier parte. (a Arturo Rodríguez)
La estación Este cuarto siempre querrá ser el árbol del que hablas. Aquí también el agua vive el lodo, el aire dibuja con su tinta negra y la basura quiere tocar todas las cosas. Les hablaré dulcemente como si no estuviera o como si fuera un anexo de sus cuerpos. Pasarán siglos para que lo de adentro deje de ser opaco al ojo. La cruz de Juan de Yepes. (a Armando Rojas Guardia)
Matices Cada noche debía disfrazarme de árbol frente al muro, caminar después de la furia y la violencia lejos de la serpiente: mi miel o mi sal era cada día ese movimiento hacia el desierto, vela tan leve donde se abre un oasis. Dejaré madurar el color del crepúsculo. (a Gonzalo Fragui)
Elemental Si algo nos pertenece es muy breve su tiempo y muy callada su manera. Los árboles de la infancia han crecido y los círculos ya no sólo resumen el mundo. Queda una parte mínima que no pertenece a la costumbre, a sus fastidiosos signos incorruptibles. No es darle un nombre lo que la haría cierta. Un hogar iluminado con su pan compartido, se le parece, simplemente eso, pero a distancia. Si das una limosna sabrás que ha huido, que de nuevo falsificaste su nombre. Nadie la conoce largamente y aunque pareciera no está en los ojos de los hombres ni en las puertas. Los amantes alguna vez la han visto y los infantes hasta cierto momento gozan de conocerla. Cuidado con ella. Su escurridiza manera por la que permanece tan leves momentos te perdería y no podrías jamás gozarte de saber que estuvo contigo y nunca la viste. (a Maritza Urdaneta)

[Del libro No hay casa fuerte, Mérida, Ediciones Solar, 1991]


 

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