David González Lobo

Ínsula dulcamara (II)


 

Paul Klee: Ínsula dulcamara

 



La hiedra 
o el agua oscura 
de tu voz que madura
en la pared.


Sales del roquedal. Se mueve rápido tu cayado y tu cuerpo y tus ovejas, temblor de un pequeño oasis todo. Lana de tu miedo o el espejo de un ovillo manchado de sangre. En el césped te sientas y la tarde cae. Espinas y sombras.
Iluminada está la rama. Para qué darle nombre al árbol. Una luz sentimental o un pensamiento peligroso dirían después los sabios con ardor lo repetirían los señores. Iluminada está la rama. Para qué darle nombre al árbol.
Soy Séfora, soy Séfora en la arena, de perfil en el espejismo soy Séfora, en le neblina de la alegría y la tristeza Séfora soy, hija de los que guardan rebaños y sueños, mujer del que siempre partió. Mi señor, también de lava estoy llena y Séfora soy.
Quedó el olor a limón en mi piel y la piel del leopardo en mi retina. Mirando el desierto, Séfora dijo ha partido. Todos dudamos muchas veces. -Y cerró la cortina.
Era una piedra de agua y sol, neblina, hojas de oro blando, firmes casas y castillos vistos. Me hablan torcidos y viejos muros que dan al campo. Mi lengua es un dolor de huérfano pero mi hermano es un río. (a Agustín y a Ana)
Los ojos de las palabras, flor del agua, el muro trabado que ha caído, el tesoro del esfuerzo en un pañuelo, animales que arreas o guías al corazón de la voz, y al cuaderno, cuando más temes.
El silencio no existe. En dos se abre la piedra y comienza una historia. Cada explicación tiene madre y padre y demás familiares en la tristeza. Abejorros. El horizonte una hendija y el hierro de la aldaba. Cuervos. Los elementos que vienen de la tierra y los que la pueblan desde lo alto, una sinceridad abrumadora. Turpiales. Un poco de ternura como un tesoro y un vaso de agua como complemento, más sin embargo la hierba ondula.
En aquella colina, más allá de las xerófilas, donde brota el manantial está la boca, el dolor.
No duda, es la duda. El deseo persiste. La llama hiela el río.
Porque no puedo hablar “mi pasión es ahora la indiferencia”. (Sea yo la mujer que me oiga el hijo que me oiga el hermano que me oiga la madre que me oiga el amigo que me oiga la tierra que me oiga el río que me oiga) Mi pasión no es ahora ni la sombra.
En el camino aquellos cántaros de perfumada miel, el cordero el queso envuelto en hojas la plata y el oro de las joyas los rebaños en riguroso orden y la cortina de niebla, el movimiento o el espejismo de los cuerpos, de tu cuerpo al que ofrendo y le hablo apenas, oro resplandeciente.
Las manzanas en la mesa, el sol, las dagas, el estremecido arenal. Y tu cuerpo en la estera tendido o el viento.
En el desierto lo repitió. Palabras de la ciudad, palabras de la casa, palabras de piedra, palabras de adobe, palabras de arena, palabras de agua, palabras de un hombre. En el desierto lo repitió.
El agua de la verdad el agua verde del pozo.
El camino se borraba a cada paso. El vendaval el agua de la lluvia y la promesa. El camino se borraba a cada paso.
Esta nube y el resto del crepúsculo, este olivar estas ramas de plata este pájaro azul casi negro esta tierra esta sombra esta raíz.

 

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