David González Lobo

Ínsula dulcamara


 

Paul Klee: Ínsula dulcamara

 

 


 

Abres tu cuaderno
al declinar la tarde.
Le quedaba una pincelada
rojiza sobre los árboles,
la melancolía, los remolinos
y las tristes costumbres.

El agua baja de la noche
en la lenta llanura.
El agua baja a veces lentamente
de la noche.
Maternal el agua
se va de la tierra.
Del agua de la madre
el agua del río nos aleja.

Entre las sombras de la hierba
los ojos de un niño.
Luciérnagas en un cesto.


 

Despertó
en un recodo del río.

Entre los juncos
lo han visto.

Un lamento
de verde cristalino
entre los pájaros
se ha oído.


 

En los áridos campos
bajo la luz esplendente,
la sed y las fiebres,
tú, el extranjero,
delante de los poderosos,
diste de beber
a los animales,
las mujeres,
los pobres
y a los tristes.


 

Cuando bebieron los desamparados
y los inocentes animales

(Los únicos dueños reales
del cielo,
de la tierra
y de las aguas)

tú callaste.

La espalda diste
con lágrimas en los ojos.


 

Me has dado agua
y la luz del agua.

Terso el lecho
en invierno de sol
se ha multiplicado.

Soy Séfora,
hija de los que guardan
rebaños y sueños.

Mi señor,
también de lava
estoy llena.


 

En tus ojos
y en los ojos de los otros,
extranjeros como tú,
está grabada la distancia.

Con esta misma mano bebes
y le das el agua fresca
y matas con la otra
a sus opresores.

Si entre ellos mismos
el anhelo del poder
de los desesperados
los corrompe
y suavemente les hablas del amor también,
tus hermanos confunden
la equidad con la soberbia.

En sus gestos,
la denuncia, el miedo se lee,
la negra noche del que partió
de su tierra y de sí mismo.

El mar de nuevo,
las lágrimas de tu madre.


 

En la montaña
bajo los arreboles
cuando termina la tarde
y pasan las estrellas fugaces,
mirando atentamente,
no sabes si te llevas a pastar
a las ovejas
a ti mismo
o a tus hermanos.


 

Soy el que soy pero me cubro
Cuando uno casi llega al otro
al árbol mira
y al cielo vacío de pájaros
que pasaron

Abrí esta ventana
en el muro de los tristes

Basta pensar ser rey
para irlo siendo

El sol que se va
habla como quien concluye la asamblea

También soy la luna,
el paisaje en sombras
y los animales


 

Luz del campo y del pequeño poblado
del monte y del llano
de la lluvia y de la sequía,
de sus padres y de la abundancia pobre.

La estela que encuentra y pierde.

La luz de su hermana temblando
lo vio pasar río abajo.
Ella estaba ante su miedo
y ante otra piedra que le parecía mayor,
la sombra de los gendarmes en la ciudad,
en la ribera y en el bosque.
Hubiera querido abrazarlo
hasta que creciera su luz de hombre
las sílabas de agua de su silencio.

Luz de los sedientos
de la muerte
de la huida
del perfil
de la espalda
del seno
de la boca
de la mesa
del vino
de la música
del festejo
del lecho
del placer,
de la madre
del hijo
del padre.


 

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