David González Lobo

Poemas

 

Xiomara Ortega Trujillo: Ríos del llano

 




Esta tarde

mientras estás al lado del muro

voy comprendiendo

en lo móvil
y en lo estático

la franja de luz que baña 
e inunda nuestra conversación.

Por temores ancestrales 
por una acostumbrada elegancia

y sobre todo 

por la poca frecuencia con que nos vemos
nos tratamos como si nos cubriese un velo.

Y no es lo que llamamos misterio
tallándolo con el buril de la costumbre.
Danzamos en la retórica
porque nos une una misma clase social
y ciertos intereses comunes
aunque nuestros deseos 
no terminen de encajar
amistosa o apasionadamente
o resultemos ser el espejo roto del otro.
La evidencia es que el imán 
y el azogue de nuestra propia soledad
se propaga y nos ofrece bañados de sombras y dudas
para hacernos compañía sin más.

Un gorrión se posa en la adelfa del parterre de sombra.

Cuando la luz de los coches ilumina el muro
sacudo el mantel en silencio.
Cierro los ojos
y toda la oscuridad aparente de lo que nunca nos diremos
cae al suelo.

Para adornar la despedida
hubieras querido decirme:
-Dame ahora, por lo menos esa margarita azul
de la que tanto me hablas,
mínima entre la hierba del parterre, la rocalla
y la luz de tu voz que se apaga-.

Como quien se lleva un amuleto
para desterrar la soledad y la melancolía.

Pero nos despedimos 
mirándonos en silencio.
Nos dimos las manos
el beso
las manos de nuevo
el abrazo.

En el cielo de octubre
el gorrión desaparece en el crepúsculo
la adelfa vibra como quien tuvo la esperanza tímida 
de sentir la voz y  el vuelo en la corteza
mientras las sombras se multiplicaban
y comenzaba la lluvia.


Xiomara Ortega Trujillo: Ríos del llano

Ayer te vi detrás de una cortina de niebla y pude dibujar apenas el boceto en mi cuaderno. No sé si podré contártelo algún día. Sólo yo te veía así todos estuvieran en la noche. Una pérdida no es exactamente lo que te digo ¿por qué quién nos otorga el privilegio? Ayer es un ejemplo viejo del otoño el viento tiró las hojas, las levantó y las unió como las palabras que no crearán ni recrearán aquel deseo como si el tiempo volviese a ser un remolino. Ayer es una estela y pequeños universos abrazándose. He tenido ese presentimiento y un temblor pequeño cuando estiraba las sábanas como si estirase el cielo hasta el cuello para que el paisaje y la entrada de la noche me rozase y cuando atravesaba una población y las casas iluminadas le hablan a uno de lo que allí podría estar sucediendo. Entonces el pensamiento nos da un rubor y miramos la carretera y la arboleda con una elegancia que no oculta cierta satisfacción secreta. ¿Galaxias? Sí, crucé el Guadalquivir por varios puentes de la ciudad como quien hace varias preguntas rápidas para llenar el vacío y encuentra una respuesta que se pierde en un laberinto una piedra blanca y lavada en la ribera y una pareja echada en la arena de los presentimientos mirándose a los ojos con una educación desmedida. Con nosotros tenemos los nombres las clasificaciones y ciertas certezas vanas pero siempre hay más... A ratos siento eso y es como si bebiese litro y medio de agua fresca y me llenara como un globo que se acerca a la acacia de tres espinas que divide el jardín. Usted ese este aquel dentro o fuera de la verja. Pero de pronto una hojita de hierba una gata negra que entra en el parterre de las plantas mediterráneas un mirlo que pasa a saltitos por si acaso alguien sonríe abre esta carta y no sabe qué decir. La noche se oscurece.
Xiomara Ortega Trujillo: Ríos del llano

He visto tres mirlos Iban desde del papiro al muro de la fuente y desde la fuente al albero. Daban esos pases de baile que tú has visto y volvían al papiro dibujando parábolas perfectas entre la luz y las sombras entre la quietud y el movimiento entre la vida y la muerte. He pensado en la pareja del noveno y en ese hombre que por las noches abraza la corteza del Laurel de Indias y entonces recuerda aquella foto en la que su padre llevaba barba de tres días. Sostiene la culata de una escopeta entre las piernas, el cañón en el hombro y parece que aún sigue al acecho en el monte. No había cobrado ninguna pieza. Su mirada indómita pareciera decir todo es tan frágil tan leve y descubría aquel relámpago la nube y la lluvia debajo del portal: le costaba matar aunque siempre pudiera. Si uno respira acompasadamente podría preguntarse ¿qué puerta de nuestra casa ofrece, y al fin da quita y vuelve a ofrecer? Cuando el hombre se separa del árbol y siente de lleno el aire fresco de la noche, mientras camina hacia el invernadero, aún le suena la voz del agua y el crepitar del fuego de la tierra. Una raíz por ejemplo, una redecilla de raíces y una sábana caliente que no puede abrir. Quizás para él el temor repentino sea la campana de una de sus suaves pisadas en el césped, y el desierto de dos personas cuando se muestra únicamente la sombra de una mitad, y el tercer mirlo y el hombre buscan un gusano en la corteza, en un orificio del tronco del Laurel de Indias. Siempre podría recomenzar el deseo en la brevedad inmensa de dos fósforos o incluso en la blanca y educada nube amable teñida por dos mirlos tan negros y hasta por tres. Anhelo de uno mismo en la pérdida triste de dos heridas solas. Nuestra condición animal desprovista de compasión podría ser intensa pero muy breve. Por la mañana con la brisa fría en el rostro te encuentras con los muchachos que abren la reja y cruzan el jardín como si el sueño no los abandonase, mientras alguien continua viviendo en secreto a tu lado.
Xiomara Ortega Trujillo: Bordado con hojas secas

Bajo la luz tenue de las farolas a estos señores les gusta ocultar las huellas del tiempo Miran el jardín y pareciera que las flores de este año quizás fuesen una forma de comprenderlo todo. Visto así la aproximación es muy realista El viejo pitosporus está cubierto de flores un manto de nieve casi. Las palmeras florecen cada noche palomas y alimañas que enfilan el grano la hierba y hasta ciertos movimientos sospechosos desde lo alto y a ras de tierra. Los lirios multiplican su colorido debajo de la luna menguante y un gato negro se vuelve a colar entre los hierros como si esta noche sí y se relame. Los señores dicen incluso con una sagacidad donde la edad pareciera revelarse con un desparpajo muy deportivo que la muerte duerme pero se nota que es una respuesta elementalmente concebida esperada e irreparable. Nos dijo un niño no lo olviden también el agua la tierra, el aire y el fuego están debajo del jardín en la raíz en el brote en la pequeña planta en la rama espigada en el tallo desnudo y en la biografía nostálgica del agua por parecerse al sol y a las galaxias. El desfallecimiento y la espera del año siguiente serían algo más que heridas y sombras aunque la tierra nos reclame y en ello haya cierto misterio infantil casi de arcoiris y terror madre cúbreme hasta la cabeza.


 

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