Cesare Pavese

Diálogos con Leucó

Selección y traducción de Lourdes E. González-Valera y Julio Miranda


 

 

 


 

DIÁLOGOS CON LEUCÓ

 

Sin duda el libro más original de Pavese, y considerado por él "su libro más significativo" -con Trabajar cansa en segundo lugar-, los 27 diálogos que lo integran los escribió en Turín, Roma y Milán, de diciembre de 1945 ("Las brujas") a marzo de 1947, y aparecieron en el mismo año en las ediciones de Einaudi. Compuestos con una curiosa simetría, en prosa directa y escueta, con musicalidad similar a la de sus poemas, constan de una breve y, con frecuencia, sobriamente irónica introducción, que remite cada vez al contexto mítico correspondiente, y de las voces alternadas de dos personajes dialogantes, con ahorro de cualquier otra anotación "escénica". Son, obviamente, poemas, aunque algunos los consideran narraciones -entre ellos la editorial Bruguera, pero en su caso cabe sospechar la operación comercial, ya que abrió la serie de "Narrativa completa" de Pavese, en traducción de Esther Benítez, nada menos que con el diario, incluyendo los Diálogos... como el volumen 4-.

La originalidad de la obra está en tomar el mito, fuente cultural preestablecida, como un camino hacia la más profunda intimidad del autor. Las razones de esta escogencia las expresa el mismo Pavese en la "Advertencia" introductoria a los Diálogos:

Estamos convencidos de que el mito es un lenguaje, un medio expresivo -es decir, no algo arbitrario sino un vivero de símbolos que posee, como todo lenguaje, una particular sustancia de significados que ningún otro medio podría proporcionar-. Cuando repetimos un nombre propio, un gesto, un prodigio mítico, expresamos en media línea, en pocas sílabas, un hecho sintético y abarcador, un meollo de realidad que vivifica y nutre todo un organismo de pasión, de estado humano, todo un complejo conceptual" (p. 33 de la edición de Mondadori, Verona, 1974). Algo similar declararía en la "Entrevista en la radio" (junio de 1950) cuyo texto se encuentra en la edición argentina de El oficio de poeta (Nueva Visión, 1970, p.55): "En cada uno de los diálogos con Leucó se reevoca, con rápidos encuentros dialogales entre dos personajes, un mito clásico, visto e interpretado con su problemática y angustiosa ambigüedad, penetrando en su nudo humano, despojándolo de toda hermosura neoclásica y tratando a los protagonistas como bellos nombres cargados de destino, pero no de un carácter psicológico del todo simple".

Pavese nos acerca a dioses, héroes, hombres o monstruos, realizando una aproximación a lo esencialmente humano y por ello trágico de los personajes míticos, con lo que ganan una nueva dimensión que de ninguna manera les es ajena. No sería tampoco imposible una lectura "política" de los Diálogos, con esa alternancia de "nuevos dioses" que derrotan a los anteriores sólo para proclamar una tierra ficticiamente "justa y piadosa", identificados además con "los amos". Las correspondencias de temas e imágenes de esta obra con el resto de la poesía y narrativa de Pavese darían lugar a otro periplo fascinante, en un conjunto que se desarrolló órganicamente, a lo largo de veinte intensos años.


 

LA QUIMERA

Los jóvenes griegos iban, gustosamente, a ilustrarse y a morir en Oriente. Allí, su virtuosa arrogancia navegaba en un mar de fabulosas atrocidades que no todos supieron afrontar. Es inútil dar nombres. Por otra parte, las cruzadas fueron muchas más de siete. De la tristeza que consumió en sus últimos años al exterminador de la Quimera, y de su sobrino Sarpedón que murió joven en Troya, nos habla nada menos que Homero en el canto sexto de la Ilíada.

(hablan Hipóloco y Sarpedón)

Hipóloco: Hete aquí, muchacho.
Sarpedón: He visto a tu padre, Hipóloco. No quiere saber nada de volver. Pasea con aire salvaje y obstinado por los campos y no se cuida de la intemperie ni se lava. Está viejo y andrajoso, Hipóloco.
Hipóloco: ¿Qué comentan los campesinos?
Saipedón: El campo Aleio está desolado. No hay sino perros y pantanos. En el Janto, donde pregunté por él, no lo habían visto desde hace días.
Hipóloco: ¿Y él qué dice?
Sarpedón: No se acuerda de nosotros ni de las casas. Cuando tropieza con alguien le habla de los Solimos, de Glauco, de Sísifo, de la Quimera. Cuando me vio, me dijo: "Muchacho, si yo tuviera tu edad, me habría lanzado al mar". Pero no es capaz de dañar a nadie. "Muchacho", me dijo, "eres justo y piadoso. Seamos hombres justos y piadosos. Si quieres vivir justo y piadoso, deja de vivir".
Hipóloco: ¿De veras grita y se lamenta de este modo?
Sarpedón: Dice cosas amenazadoras y terribles. Llama a los dioses a medirse con él. Camina día y noche. Pero no injuria ni compadece sino a los muertos -o a los dioses.
Hipóloco: ¿Mencionaste a Glauco y Sísifo?
Sarpedón: Dice que fueron castigados a traici6n. ¿Por qué esperaron a que envejecieran para sorprenderlos tristes y decrépitos? "Belerofonte", dice, "fue justo y piadoso mientras la sangre corrió por sus músculos. ¿Y ahora que está viejo y solo, precisamente ahora los dioses lo abandonan?".
Hipóloco: Resulta extraño sorprenderse de esto y acusar a los dioses de lo que toca a todos los vivientes. ¿Pero qué tiene que ver él con esos muertos -él, que siempre fue justo?
Sarpedón: Escucha, Hipóloco... También yo me preguntaba, viendo aquella mirada extraviada, si hablaba con el hombre que fue Belerofonte. A tu padre le ha pasado algo. No sólo está viejo. No sólo está triste y solitario. Tu padre está pagando la Quimera.
Hipóloco: Sarpedón, ¿estás loco?
Sarpedón: Tu padre denuncia la injusticia de los dioses que quisieron que matara a la Quimera. "Desde aquel día", repite, "en que me bañé en la sangre del monstruo, no he tenido una vida verdadera. He buscado enemigos, domado a las Amazonas, hecho estragos entre los Solimos, reinado sobre los licios y sembrado un jardín. ¿Pero qué es todo esto? ¿Dónde hay otra Quimera? ¿Dónde está la fuerza de los brazos que la mataron? También Sísifo y Glauco, mi padre, fueron jóvenes y justos -pero al envejecer, los dioses los traicionaron, los dejaron envilecerse y morir. Quien una vez se enfrentó a la Quimera, ¿cómo puede resignarse a morir?". Esto dice tu padre, el que un día fue Belerofonte.
Hipóloco: Desde Sísifo, que encadenó al niño Tánatos, hasta Glauco, que alimentaba caballos con hombres vivos, nuestra estirpe ha violado los límites. Pero eran hombres antiguos y de un tiempo monstruoso. La Quimera fue el último monstruo que vieron. Nuestra tierra es ahora justa y piadosa.
Sarpedón: ¿Lo crees, Hipóloco? ¿Crees que basta con haberla matado? Nuestro padre -puedo llamarlo así-debería saberlo. Sin embargo, está triste como un dios -como un dios desamparado y encanecido, y atraviesa campos y pantanos hablando a sus muertos.
Hipóloco: ¿Pero qué le falta, qué cosa?
Sarpedón: Le falta el brazo que mató a la Quimera. Le falta el orgullo de Glauco y de Sísifo, justo ahora que, como sus padres, ha llegado al límite, al final. La audacia de todos ellos lo atormenta. Sabe que nunca más habrá otra Quimera esperándolo entre las rocas. Entonces clama desafiando a los dioses.
Hipóloco: Soy su hijo, Sarpedón, pero no entiendo estas cosas. Sobre la tierra ahora piadosa deberíamos envejecer tranquilos. En un joven, casi un niño, como tú, Sarpedón, entiendo el tumulto de la sangre. Pero sólo en un joven y por causas honestas. Y sin enfrentar a los dioses.
Sarpedón: Pero él sabe lo que es ser joven y ser viejo. Ha visto otras épocas. Ha visto a los dioses, como tú y yo nos vernos. Cuenta cosas terribles.
Hipóloco: ¿Y pudiste escucharlo?
Sarpedón: Oh, Hipóloco, ¿quién no quisiera escucharlo? Belerofonte ha visto cosas que no ocurren a menudo.
Hipóloco: Lo sé, Sarpedón, lo sé, pero ese inundo ha pasado. Cuando yo era niño, también me las contaba.
Sarpedón: Sólo que entonces no hablaba con los muertos. En aquel tiempo eran fábulas. Hoy, en cambio, los destinos que toca se convierten en el suyo.
Hipóloco: ¿Y qué cuenta?
Sarpedón: Son hechos que conoces. Pero no conoces la frialdad, el extravío de su mirada, como de quien ya no es nada y lo sabe todo. Cuenta historias de Lidia, de Frigia, historias viejas, sin justicia ni piedad. ¿Conoces la del Sileno al que un dios desafió a luchar en el monte Celene, y luego le dio muerte descuartizándolo, como el carnicero mata un macho cabrio? De la gruta ahora mana un torrente cual si fuera su sangre. ¿La historia de la madre petrificada, hecha roca que llora porque plugo a una diosa matarle sus hijos uno a uno, a flechazos? ¿Y la historia de Aracne, que por el odio de Atenea empavoreció y se transformó en araña? Son cosas que ocurrieron. Las hicieron los dioses.
Hipóloco: Está bien. ¿Qué importa? ¿Para qué pensar en ellas? De esos destinos no queda nada.
Sarpedón: Quedan el torrente, la roca, el pavor. Quedan los sueños. Belerofonte no puede dar un paso sin tropezar con un cadáver, un odio, un charco de sangre, de aquel tiempo en que todo sucedía y no eran sueños. Su brazo, en aquel tiempo, pesaba en el mundo y mataba.
Hipóloco: El también fue cruel, entonces.
Sarpedón: Era justo y piadoso. Mataba Quimeras. Y ahora que está viejo y cansado, los dioses lo abandonan.
Hipóloco: ¿Y por eso recorre los campos?
Sarpedón: Desciende de Glauco y de Sísifo. Teme el capricho y la ferocidad de los dioses. Se siente embrutecer y no desea morir. "Muchacho", me dice, "ésta es la burla y la traición: primero te quitan las fuerzas y luego se indignan porque eres menos que un hombre. Si quieres vivir, deja de vivir...".
Hipóloco: ¿Y por qué no se mata, ya que sabe estas cosas?
Sarpedón: Nadie se mata. La muerte es destino. Sólo cabe esperarla, Hipóloco.



LOS CIEGOS

No hay asunto de Tebas en que falte el adivino ciego Tiresias. Poco después de este coloquio comenzaron las desventuras de Edipo -es decir, se le abrieron los ojos y, horrorizado, él mismo se los arrancó.

(hablan Edipo y Tiresias)

Edipo: Viejo Tiresias, ¿debo creer lo que se dice aquí en Tebas, que los dioses te han cegado por envidia?
Tiresias: Si es verdad que todo proviene de ellos, debes creerlo.
Edipo: ¿Tú qué opinas?
Tiresias: Que de los dioses se habla demasiado. Estar ciego no es desgracia distinta a estar vivo. Siempre he visto las desventuras ocurrir en el momento en que tenían que ocurrir.
Edipo: ¿Y qué hacen, pues, los dioses?
Tiresias: El mundo es más viejo que ellos. Ya llenaba el espacio y sangraba, gozaba, era el único dios, cuando el tiempo aún no había nacido. Las cosas mismas reinaban, entonces. Sucedían cosas. Ahora, gracias a los dioses, todo se ha vuelto palabras, ilusión, amenaza. Pero los dioses pueden molestar, acercar o alejar las cosas; no tocarlas ni cambiarlas. Llegaron demasiado tarde.
Edipo: ¿Y justamente tú, un sacerdote, dices eso?
Tiresias: Si no supiera al menos eso, no sería sacerdote. Toma un muchacho que se baña en el Asopo, una mañana de verano. El muchacho sale del agua, vuelve al agua, feliz; se sumerge una y otra vez. Se siente mal y se ahoga. ¿Qué tienen que ver los dioses? ¿Habrá que atribuirles su muerte o en cambio el placer que gozó? Ni lo uno ni lo otro. Ha ocurrido algo, que no es ni bueno ni malo, algo que no tiene hombre; después le darán un nombre los dioses.
Edipo: Y nombrar, explicar las cosas, ¿te parece poco, Tiresias?
Tiresias: Eres joven, Edipo, y al igual que los dioses, que son jóvenes, aclaras tú mismo las cosas y las nombras. No sabes todavía que bajo la tierra hay roca y que el ciclo más azul es el más vacío. Para quien es ciego como yo, todas las cosas son un tropiezo, nada más.
Edipo: Sin embargo has vivido venerando a los dioses. Por mucho tiempo te has ocupado de las estaciones, los placeres, las miserias humanas. De ti se cuenta más de una fábula, como si fueras un dios. Especialmente una tan extraña, tan insólita que debe tener algún sentido -tal vez el de las nubes en el cielo.
Tiresias: He vivido mucho. He vivido tanto que cada historia que escucho me parece la mía. ¿Qué decías del sentido dle las nubes en el cielo?
Edipo: Una presencia en el vacío...
Tiresias: Pero ¿cuál fábula es esa que tú crees tenga un sentido?
Edipo: ¿Has sido siempre lo que eres, viejo Tiresias?
Tiresias: Ah, entiendo. La historia de las serpientes. Cuando fui mujer por siete años. Y bien, ¿qué le hallas a esa historia?
Edipo: Te ocurrió a ti y tú lo sabes. Pero sin un dios estas cosas no ocurren.
Tiresias: ¿Tú crees? Todo puede suceder sobre la tierra. No hay nada insólito. En aquel tiempo sentía disgusto por las cosas del sexo: me parecía que habían envilecido el espíritu, la santidad, mi carácter. Cuando vi las serpientes gozarse y morderse en la hierba, no pude contener mi desprecio: las golpeé con el bastón. Poco después yo era mujer -y durante años mi orgullo fue obligado a sufrir. Las cosas del mundo son roca, Edipo.
Edipo: ¿Pero es en verdad tan vil el sexo de la mujer?
Tiresias: No, en lo absoluto. No hay cosas viles sino a causa de los dioses. Hay molestias, disgustos, ilusiones que, al tocar la roca, se disuelven. Aquí la roca fue la fuerza del sexo, su ubicuidad y omnipresencia bajo todas las formas y cambios. De hombre a mujer y viceversa (siete años después vi de nuevo a las dos serpientes), lo que no quise consentir con el espíritu me fue impuesto por violencia o por lujuria; y yo, hombre desdeñoso o mujer envilecida, me desenfrené como mujer y fui abyecto como hombre, y lo supe todo del sexo: llegué al punto en que, siendo hombre, buscaba a los hombres y, mujer, a las mujeres.
Edipo: ¿Ves entonces que un dios te ha enseñado algo?
Tiresias: No hay dioses sobre el sexo. Te repito que es la roca. Muchos dioses son bestias, pero la serpiente es el más antiguo de los dioses. Cuando se aplasta sobre la tierra te da la imagen del sexo, y ahí están la vida y la muerte. ¿Qué dios puede encarnar y abarcar tanto?
Edipo: Pues tú mismo. Lo has dicho.
Tiresias: Tiresias está viejo y no es un dios. Cuando joven ignoraba estas cosas. El sexo es ambiguo y siempre equívoco. Es una mitad con la apariencia de un todo. El hombre llega a encarnarse en él, a vivir dentro de él como un buen nadador dentro del agua, pero mientras tanto envejece, toca la roca. Al final sólo le queda una idea, una ilusión: que el otro sexo quede saciado. Pues bien, no lo creas: yo sé que para todos es un vano afán.
Edipo: No es fácil contradecirte. No por nada tu historia comienza con serpientes. Pero también comienza con el disgusto, con el fastidio por el sexo. ¿Y qué dirías a un hombre cabal que te jurase ignorar tal disgusto?
Tiresias: Qué no es un hombre cabal sino todavía un niño.
Edipo: También yo, Tiresias, he tenido encuentros en el camino de Tebas. En uno de ellos se habló del hombre -desde su infancia hasta la muerte- y toqué la roca. Desde aquel día fui marido y fui padre y rey de Tebas. Para mí, no hay nada de ambiguo o de vano en mis días.
Tiresias: No eres el único, Edipo, que piensa así. Pero la roca no se toca con palabras. Que los dioses te protejan. También yo te hablo y estoy viejo. Sólo el ciego conoce la tiniebla. Me parece vivir fuera del tiempo, haber vivido siempre, y ya no creo en los días. También dentro de mí hay algo que goza y que sangra.
Edipo: Decías que ese algo era un díos. ¿Por qué, mi buen Tiresias, no intentas rogarle?
Tiresias: Todos oramos a algún dios, pero lo que acontece no tiene nombre. El muchacho ahogado una mañana de verano, ¿qué sabía de los dioses? ¿Que convenía rezarles? Hay una gran serpiente en cada día de la vida y se aplasta y nos mira. ¿Te has preguntado alguna vez, Edipo, por qué los infelices al envejecer se vuelven ciegos?
Edipo: Ruego a los dioses que no me suceda.


EL INCONSOLABLE

El sexo, la embriaguez y La sangre remitieron siempre al mundo subterráneo y prometieron a másde uno beatitudes ctónicas. Pero el tracio Orfeo, cantor, viandante en el Hades y víctima lacerada como el mismo Dionisio, valió más.

(hablan Orfeo y Bacante)

Orfeo: Ocurrió así. Subíamos por el sendero entre el bosque de las sombras. Ya estaban lejos Cocito, la Estigia, la barca, los lamentos. Se entreveía sobre las hojas el resplandor del cielo. Sentía a mis espaldas el roce de sus pasos. Pero yo estaba aún allá abajo y tenía encima aquel frío. Pensaba que un día tendría que regresar, que lo que fue será otra vez. Pensaba en la vida con ella, como era antes; que se acabaría de nuevo. Lo que fue será. Pensaba en aquel hielo, en aquel vacío que había atravesado y que ella se llevaba en los huesos, en la médula, en la sangre. ¿Valía la pena que volviera a vivir? Lo pensé y percibí el resplandor del día. Entonces dije "Basta", y me di vuelta. Eurídice se esfumó como se apaga una vela. Oí apenas un crujido, como el de un ratón que huye.
Bacante: Extrañas palabras, Orfeo. Casi no puedo creerte. Se decía que los dioses y las musas te amaban. Muchas de nosotras te siguen porque te saben enamorado e infeliz. Estabas tan enamorado que -único entre los hombres- atravesaste las puertas de la nada. No, no te creo, Orfeo. No ha sido culpa tuya si el destino te ha traicionado.
Orfeo: Qué tiene que ver el destino. Mi destino no traiciona. Es ridículo que después de aquel viaje, después de haber visto de frente la nada, yo me diese vuelta por error o por capricho.
Bacante: Se dice que fue por amor.
Orfeo: No se ama a quien ha muerto.
Bacante: Sin embargo lloraste por montes y colinas, la buscaste y la llamaste, descendiste al Hades. ¿Qué era eso?
Orfeo: Dices que eres como un hombre. No ignores, entonces, que un hombre no sabe qué hacer con la muerte. La Eurídice que lloré era una estación de la vida. Yo buscaba algo más que su amor allá abajo. Buscaba un pasado que Eurídice no conoce. Lo comprendí entre los muertos, mientras cantaba mi canto. Vi las sombras endurecerse y mirar vacío, cesar los lamentos, a Perséfone esconder su rostro y al mismo tenebroso-impasible, Hades, ponerse tenso como un mortal y escuchar. Comprendí que los muertos ya no son nada.
Bacante: El dolor te ha trastornado, Orfeo. ¿Quién no quisiera otra vez el pasado? Eurídice casi había renacido.
Orfeo: Para después morir de nuevo, Bacante. Para llevarse en la sangre el horror del Hades y temblar conmigo día y noche. Tú no sabes lo que es la nada.
Bacante: Y así tú, que cantando habías vuelto a obtener el pasado, lo rechazaste y destruiste. No, no puedo creerlo.
Orfeo: Compréndeme, Bacante. Sólo en el canto fue un verdadero pasado. Sólo escuchándome, el Hades se vio a sí mismo. Ya subiendo el sendero, aquel pasado se desvanecía, se hacía recuerdo, sabía a muerte. Cuando salió a mi encuentro el primer resplandor del cielo, me estremecí como un muchacho, feliz e incrédulo, me estremecí por mí, por el mundo de los vivos. La estación que buscaba estaba allí, en aquel resplandor. No me importó en absoluto ella, la que me seguía. Mi pasado fue la claridad, el canto, la mañana. Y me di vuelta.
Bacante: ¿Cómo has podido resignarte, Orfeo? Al regresar, dabas miedo a quienes te veían. Eurídice había sido para ti una existencia.
Orfeo: Tonterías. Muriendo, Eurídice se volvió otra cosa. Aquel Orfeo que descendió al Hades ya no era esposo ni viudo. Mi llanto de entonces fue como los que se tienen de niño y uno sonríe al recordarlos. La estación pasó. Yo buscaba, llorando, no a Eurídice sino a mí mismo. Un destino, si quieres. Me escuchaba.
Bacante: Muchas de nosotras te siguen porque creen en tu llanto. Entonces, ¿nos has engañado?
Orfeo: Oh, Bacante, Bacante, ¿no quieres comprender? Mi destino no traiciona. Me he buscado a mí mismo. No se busca sino eso.
Bacante: Aquí somos más simples, Orfeo. Creemos en el amor y en la muerte, y lloramos y reímos con todos. Nuestras fiestas más alegres son aquellas en que corre la sangre. Nosotras, las mujeres de Tracia, no tememos estas cosas.
Orfeo: Visto del lado de la vida todo es bello. Pero créele a quien ha estado entre los muertos... No vale la pena.
Bacante: Antes no eras así. No hablabas de la nada. Acercarse a la muerte nos hace semejantes a los dioses. Tú mismo enseñabas que una embriaguez trastorna la vida y la muerte y nos hace más que humanos... Has visto la fiesta.
Orfeo: No es la sangre lo que importa, muchacha. Ni la embriaguez ni la sangre me impresionan. Pero es muy difícil decir qué es un hombre. Ni siquiera tú, Bacante, lo sabes.
Bacante: Sin nosotras no serías nada, Orfeo.
Orfeo: Lo decía y lo sé. ¿Pero qué importa? Sin ustedes descendí al Hades...
Bacante: Descendiste a buscarnos.
Orfeo: Pero no las encontré. Quería otra cosa. Que volviendo a la luz encontré.
Bacante: En un tiempo cantabas a Eurídice por los montes...
Orfeo: El tiempo pasa, Bacante. Están los montes, ya no está Eurídice. Estas cosas tienen un nombre, y se llaman hombre. Aquí no sirve invocar a los dioses de la fiesta.
Bacante: Tú también los invocabas.
Orfeo: Un hombre hace de todo, en la vida. Lo cree todo, en los días. Cree incluso que su sangre corre algunas veces por otras venas. O que lo que fue se puede deshacer. Cree romper el destino con la embriaguez. Todo esto lo sé y no es nada.
Bacante: No sabes qué hacer con la muerte, Orfeo, y tu pensamiento es sólo muerte. Hubo un tiempo en que la fiesta nos volvía inmortales.
Orfeo: Disfruten ustedes de la fiesta. Todo es lícito para quien aún no sabe. Es necesario que cada uno descienda una vez a su infierno. La orgía de mi destino terminó en el Hades, terminó cantando a mi manera la vida y la muerte.
Bacante: ¿Y qué quiere decir que un destino no traiciona?
Orfeo: Quiere decir que está dentro de ti, es tuyo; más profundo que la sangre, más allá de toda embriaguez. Ningún dios puede tocarlo.
Bacante: Es posible, Orfeo. Pero nosotras no buscamos ninguna Eurídice. ¿Por qué, pues, descendemos también al infierno?
Orfeo: Cada vez que se invoca a un dios se conoce la muerte. Y se desciende al Hades a arrancar algo, a violar un destino. No se vence a la noche y se pierde la luz. Se debate uno como un endemoniado.
Bacante: Dices cosas malvadas... Entonces, ¿tú también has perdido la luz?
Orfeo: Yo estaba casi perdido, y cantaba. Comprendiendo me he encontrado a mí mismo.
Bacante: ¿Vale la pena encontrarse de esa manera? Hay un camino más simple de ignorancia y de alegría. El dios es como un señor entre la vida y la muerte. Nos abandona a su embriaguez y lo desgarramos o nos desgarra. Cada vez renacemos y él nos despierta como tú en el día.
Orfeo: No hables del día, del despertar. Pocos hombres saben. Ninguna mujer como tú sabe lo que es.
Bacante: Quizá por eso es que te siguen las mujeres de Tracia. Eres para ellas como el dios. Bajaste de los montes. Cantas versos de amor y de muerte.
Orfeo: Tonta. Al menos contigo se puede hablar. Acaso un día serás como un hombre.
Bacante: Si es que antes las mujeres de Tracia...
Orfeo: Di...
Bacante: ...no despedazan al dios.


 

EL HOMBRE LOBO

Licaón, señor de Arcadia, debido a su falta de humanidad fue convertido en lobo por Zeus. Pero el mito no dice dónde y cómo murió.

(Hablan dos cazadores)

Primer cazador: No es la primera vez que se mata una bestia.
Segundo cazador: Pero sí es la primera que matamos a un hombre.
Primer cazador: Pensarlo no es asunto nuestro. Los perros lo hicieron salir. No nos toca a nosotros decir quién era. Cuando lo vimos acosado contra las rocas, encanecido y ensangrentado, agitándose en el fango, con los dientes más rojos que los ojos, ¿quién pensaba en su nombre y en las viejas historias? Murió mordiendo el venablo como si fuese la garganta de un perro. Tenía el corazón de la fiera además del pelo. Hacía ya tiempo que por estos bosques no se veía un lobo similar o más grande.
Segundo cazador: Pienso en su nombre. Yo era joven aún y ya hablaban de él. Contaban cosas increíbles de cuando fue hombre, que intentó degollar al Señor de los montes. Su pelo era color de nieve pisoteada -era viejo, un fantasma- y tenía los ojos como sangre.
Primer cazador: Ya está hecho. Hay que desollarlo y volver a la llanura. Piensa en la fiesta que nos espera.
Segundo cazador: Nos moveremos al alba. ¿Qué otra cosa quieres hacer además de calentarnos con esta fogata? Los molosos vigilarán el cadáver.
Primer cazador: No es un cadáver, es apenas una carcasa. Pero tenemos que desollarlo o se pondrá más duro que una piedra.
Segundo cazador: Me pregunto si, quitada la piel, habrá que enterrarlo. Una vez fue un hombre. Su sangre feroz la esparció en el fango. Y quedará ese desnudo montón de huesos y carne, como de un viejo o de un niño.
Primer cazador: No te equivocas al decir que era viejo. Ya era lobo cuando las montañas estaban todavía desiertas. Se había vuelto más viejo que los troncos canosos y enmohecidos. ¿Quién recuerda que tuvo un nombre y fue alguien? Si queremos ser francos, tendría que haber muerto hace tiempo.
Segundo cazador: Pero dejar su cuerpo insepulto... Fue Licaón, un cazador como nosotros.
Primer cazador: A cualquiera de nosotros puede llegarle la muerte en los montes y no encontrarnos nadie nunca más, salvo la lluvia o el buitre. Si fue de veras cazador, ha muerto mal.
Segundo cazador: Se defendió como un viejo, con los ojos. Pero tú, en el fondo, no crees que haya sido tu semejante. No crees en su nombre. Si lo creyeras, no querrías insultar el cadáver porque sabrías que él también despreciaba a los muertos, él también vivió torvo e inhumano: no fue por otra cosa que el Señor de los montes lo convirtió en bestia.
Primer cazador: Se cuenta de él que cocía a sus semejantes.
Segundo cazador: Conozco hombres que han hecho mucho menos, y son lobos -no les falta más que el aullido y el ocultarse en los bosques. ¿Estás tan seguro de ti mismo que no te sientes a veces Licaón como él? Todos tenemos días que, si un dios nos tocase, aullaríamos y saltaríamos al cuello de quien se nos resiste. ¿Qué es lo que nos salva sino que, al despertar, nos encontramos con estas manos y esta boca y esta voz? Pero él no tuvo escapatoria, dejó para siempre los ojos humanos y las casas. Ahora que ha muerto, al menos debería tener paz.
Primer cazador: No creo que tuviera necesidad de paz. ¿Quién más en paz que él, cuando podía agazaparse sobre los peñascos y aullar a la luna? He vivido bastante en los bosques para saber que los troncos y los animales no temen nada sagrado, y no miran al cielo más que para susurrar o bostezar. Hay así algo que los iguala a los señores del cielo: hagan lo que hagan, no tienen remordimientos.
Segundo cazador: Al escucharte, parecería que ser lobo es un alto destino.
Primer cazador: No sé si es alto o bajo, pero ¿has oído alguna vez que un animal o una planta se vuelvan seres humanos? En cambio, estos lugares están llenos de hombres y mujeres tocados por el dios, convertidos unos en zarza, otros en pájaro, otros en lobo. Y por cruel que fuese, por más delitos que hubiera cometido, ganó el no tener ya más las manos rojas, escapó al remordimiento y la esperanza, se olvidó de ser hombre. ¿Sienten otra cosa los dioses?
Segundo cazador: Un castigo es un castigo y quien lo inflige al menos en esto tiene compasión: que quita al impío la incertidumbre y del remordimiento hace destino. Aunque la bestia olvidó el pasado y vive sólo para la presa y la muerte, queda su nombre, queda lo que fue. Ahí está la antigua Calisto, sepultada en la colina. ¿Quién recuerda su delito? Los señores del cielo la castigaron mucho. De una mujer -era bella, se dice- hicieron una osa rugiente y sollozante, que en la noche por miedo quería volver a las casas. He ahí un animal que no tuvo paz. Vino el hijo y la mató con su lanza, y los dioses no se movieron. Hay también quien dice que, arrepentidos, hicieron de ella un grupo de estrellas. Pero quedó el cadáver y está sepultado.
Primer cazador: ¿Qué quieres decir? Conozco las historias. Y si Calisto no supo resignarse no es culpa de los dioses. Es como quien va melancólico a un banquete o se emborracha en un funeral. Si yo fuera lobo, sería lobo también en el sueño.
Segundo cazador: No conoces el camino de la sangre. Los dioses ni te dan ni te quitan nada. Sólo que, con un toque ligero, te clavan ahí donde estás. Lo que antes era deseo, opción, se te descubre destino. Eso quiere decir hacerse lobo. Pero queda aquello que huyó de las casas, queda el antiguo Licaón.
Primer cazador: ¿Quieres decir, entonces, que, mordido por los molosos, Licaón padeció como un hombre que es cazado por perros?
Segundo cazador: Estaba viejo, extenuado; tú mismo afirmas que no supo defenderse. Mientras moría sin voz sobre las piedras, yo pensaba en los viejos mendigos que se paran a veces a la entrada de los patios y los perros se estrangulan con las cadenas tratando de morderlos. Esto sucede también, allá abajo en las casas. Digamos que vivió como un lobo. Pero muriendo y viéndonos, comprendí que era hombre. Lo dijo con los ojos.
Primer cazador: Amigo, ¿y crees que le importe pudrirse bajo tierra como un hombre, si lo último que vio fueron hombres cazando?
Segundo cazador: Hay una paz más allá de la muerte. Un destino común. Le importa a los vivos, le importa al lobo que está en todos nosotros. Nos tocó matarlo. Sigamos al menos la costumbre y dejemos la injuria a los dioses. Volveremos a las casas con las manos limpias.



LA ISLA

Todos saben que Odiseo naufragó, en el camino de regreso, permaneció nueve años en la isla Ogigia, habitada únicamente por Calipso, antigua diosa.

(Hablan Calipso y Odiseo)

Calipso: Odiseo, nada es muy diferente. También tú, como yo, quieres detenerte en una isla. Todo lo has visto y padecido. Tal vez un día yo te diga lo que he padecido. Ambos estamos cansados de un destino tan grande. ¿Porqué continuar? ¿Qué te importa si la isla no es la que buscabas? Aquí ya nada sucede. Hay un poco de tierra y un horizonte. Aquí puedes vivir siempre.

Odiseo: Una vida inmortal.

Calipso: Inmortal es quien acepta el instante. Quien no conoce ya un mañana. Pero si te gusta la palabra, dila. ¿Has llegado, en verdad, a ese punto?

Odiseo: Creía inmortal a quien no teme la muerte.

Calipso: A quien no espera vivir más. Ciertamente, casi lo eres. Tú también has padecido mucho. Pero ¿por qué esa obsesión de volver a casa? Todavía estás inquieto. ¿por qué vas hablando solo entre los escollos?

Odiseo: Si yo partiera mañana, ¿serías infeliz?

Calipso: Quieres saber demasiado, querido. Digamos que soy inmortal. Pero si no renuncias a tus recuerdos y a tus sueños, si no depones tu obsesión y aceptas el horizonte, no te librarás del destino que conoces.

Odiseo: Se trata siempre de aceptar un horizonte ¿Y obtener qué, a cambio?

Calipso: Apoyar la cabeza y callar, Odiseo. ¿Te has preguntado alguna vez porqué también nosotros buscamos el sueño? ¿Te has preguntado adónde van los viejos dioses que el mundo ignora? ¿Por qué, siendo eternos, se hunden en el tiempo, como las piedras en la tierra? ¿Y quién soy yo, quién es Calipso?

Odiseo: Te he preguntado si eras feliz.

Calipso: No es eso, Odiseo. El aire, hasta el aire de esta isla desierta, que ahora solo vibra en el retumbar del mar y el graznido de los pájaros, está demasiado vacío. Y no es que haya nada que lamentar de este vacío. ¿Pero no sientes tú también, a veces, un silencio, un suspenso que es como la huella de una antigua tensión, de una presencia desaparecida?

Odiseo: Entonces, ¿tú también hablas con los escollos?

Calipso: Es un silencio, te digo. Algo remoto y casi muerto. Algo que ha sido y no volverá a ser. Del antiguo mundo de los dioses, cuando un gesto mío era destino. Tuve nombres pavorosos, Odiseo. Me obedecían la tierra y el mar. Después me cansé; pasó el tiempo, no quise moverme más. Algunas de nosotras resistieron a los nuevos dioses; yo dejé que los nombres se hundieran en el tiempo; todo cambió, permaneciendo igual; no valía la pena disputarles a los nuevos el destino. Comprendí entonces mi horizonte y por qué los viejos no habían disputado con nosotros.

Odiseo: ¿Pero no eras inmortal?

Calipso: Y lo soy, Odiseo. Morir no espero. Y no espero vivir. Acepto el instante. A ustedes, los mortales, les aguarda algo semejante, la vejez y el lamento. ¿Por qué no quieres apoyar la cabeza, como yo, en esta isla?

Odiseo: Lo haría si creyera que estás resignada. Pero incluso tú, que has sido señora de todas las cosas, me necesitas a mí, un mortal, para ayudarte a soportar.

Calipso: Es un bien recíproco, Odiseo. No hay verdadero silencio si no es compartido.

Odiseo: ¿No te basta que esté contigo ahora?

Calipso: No estás conmigo, Odiseo. No aceptas el horizonte de esta isla. Y no huyes del lamento.

Odiseo: Lo que me hace lamentarme es parte viva de mí mismo, como lo es de ti tu silencio. ¿Qué ha cambiado para ti desde aquel día en que tierra y mar te obedecían? Te sentiste sola y cansada y olvidaste tus nombres. Nada te fue arrebatado. Eres lo que has querido.

Calipso: Lo que soy es casi nada, Odiseo. Casi mortal, casi una sombra como tú. Es un largo sueño que empezó quién sabe cuándo y tú has entrado como un sueño en este sueño. Temo el alba, el despertar; si te vas será el despertar.

Odiseo: ¿Y eres tú, la señora quien habla?

Calipso: Temo el despertar, como tú temes la muerte. Es eso, antes estaba muerta, ahora lo sé. No quedaba de mí en esta isla sino la voz del mar y del viento. No era un sufrimiento. Dormía. Pero desde que llegaste, trajiste en ti otra isla.

Odiseo: Desde hace tanto tiempo la busco. Tú no sabes lo que es divisar una tierra y entrecerrar los ojos cada vez para engañarse. Yo no puedo aceptar y callar.

Calipso: Sin embargo, Odiseo, ustedes los hombres dicen que encontrar lo perdido es siempre un mal. El pasado no vuelve. Nada gobierna el transcurrir del tiempo. Tú que has visto el océano, los monstruos y el Elíseo, ¿podrías aún reconocer las casas, tus casas?

Odiseo: Tú misma has dicho que llevo la isla dentro de mi.

Calipso: Sí, pero cambiada, perdida, un silencio. El eco del mar en los escollos o un poco de humo. Nadie podrá compartirla contigo. Las casas serán como el rostro de un viejo. Tus palabras no tendrán el mismo sentido para ellos. Estarás más solo que en el mar.

Odiseo: Sabré al menos que debo detenerme.

Calipso: No vale la pena, Odiseo. Quien no se detiene ahora, en este instante, ya nunca se detiene. Lo que haces lo harás siempre. Por una vez, tienes que romper el destino, abandonar el camino, dejarte hundir en el tiempo....

Odiseo: No soy inmortal.

Calipso: Lo serás si me escuchas. ¿Qué es la vida eterna sino aceptar el instante que viene y el instante que se va? La embriaguez, el placer, la muerte no tienen otro fin. ¿Que ha sido hasta ahora tu continuo errar?

Odiseo: Si lo supiera, me habría detenido. Pero tú olvidas algo.

Calipso: Dime.

Odiseo: Lo que busco lo llevo en el corazón, igual que tú.

 

LAS BRUJAS

Odiseo llegó donde Circe advertido del peligro e inmuni­zado mágicamente contra las encantamientos. De ahí la inuti­lidad del toque de varita de la maga. Pero la maga -antigua diosa mediterránea venida a menos- sabía desde hacia tiempo que en su destino entraría un Odiseo. A esto, Homero no le prestó la atención que debía.

(Hablan Circe y Leucotea)

Circe: Créeme, Leucó, de momento no lo entendí. Ocurre a veces que uno equivoca la fórmula, ocurre una amne­sia. Sin embargo lo había tocado. La verdad es que lo esperaba desde hacía tanto tiempo que ya no pensaba en ello. Apenas lo entendí todo -él había dado un salto y echado mano a la espada- me dio risa -tanto fue mi contento y a la vez mi desilusión. Pensé incluso que podría dejarlo pasar, escapar al destino. "Después de todo es Odiseo", pensé, "uno que quiere volver a casa". Pensaba ya en embarcarlo. Querida Leucó. El agitaba aquella espada -ridículo y bravío como sólo un hombre sabe serlo- y yo tuve que sonreír y mirarlo como hago con ellos, y asombrarme y apartarme. Me sentía como una muchacha, como cuando éramos muchachas y nos preguntaban qué haríamos de grandes y soltábamos la risa. Todo se desarrolló como un baile. Él me tomó por las muñecas, alzó la voz, yo mudé colores -pero estaba pálida, Leucó-, le abracé las rodillas y comencé mi jue­go: "¿Quién eres tú? ¿De qué tierra provienes?...". Pobrecito, pensaba, no sabe lo que le espera. Era alto, ri­zado, un hombre hermoso, Leucó. ¡Qué estupendo cerdo, qué lobo hubiera sido!

Leucotea: Pero ¿le has dicho estas cosas, en el año que pasó contigo?

Circe: Oh, muchacha, no hay que hablar de las cosas del destino con un hombre. Ellos creen haberlo dicho todo cuando lo llaman la cadena de hierro, el decreto fatal. A nosotras nos llaman las señoras fatales, lo sabes.

Leucotea: No saben sonreír.

Circe: Sí. Algunos de ellos saben reír frente al destino, saben reír después, pero en el momento necesitan tomárselo en serio o morir. No saben bromear con las cosas divinas, no saben sentirse actuando, como nosotras. Su vida es tan breve que no pueden aceptar hacer cosas ya hechas o sabidas. Incluso él, Odiseo, el valeroso, si le decía una palabra en este sentido, dejaba de en­tenderme y pensaba en Penélope.

Leucotea: ¡Qué fastidio!

Circe: Sí, pero eso yo lo entiendo. Con Penélope no debía sonreír, con ella todo, hasta el alimento cotidiano, era serio e inédito -podían prepararse para la muerte. No sabes cuánto les atrae la muerte. Morir es, sí, para ellos un destino, una repetición, una cosa sabida, pero se hacen la ilusión de que algo cambia.

Leucotea: ¿Por qué, entonces, no quiso transformarse en cerdo?

Circe: Ah, Leucó, ni siquiera quiso transformarse en dios, y sabes cuánto le rogó Calipso, esa tonta. Odiseo era así, ni cerdo ni dios, un hombre sólo, extremadamente inteligente, y valeroso frente al destino.

Leucotea: Dime, querida, ¿gozaste mucho con él?

Circe: Pienso una cosa, Leucó. Ninguna entre las diosas ha querido jamás hacerse mortal, ninguna de nosotras lo ha deseado nunca. Sin embargo, esto sería lo nuevo que rompería la cadena.

Leucotea: ¿Tú quisieras?

Circe: ¡Qué dices, Leucó...! Odiseo no entendía por qué yo sonreía. A menudo ni siquiera entendía que sonreía. Una vez creí haberle explicado por qué la bestia está más cerca de nosotros los inmortales que el hombre inteli­gente y valeroso. La bestia que come, que copula y no tiene memoria. Él me respondió que en su patria lo esperaba un perro, un pobre perro, que tal vez ya había muerto, y me dijo su nombre. ¿Entiendes, Leucó? Ese perro tenía un nombre.

Leucotea: También a nosotras nos dan un nombre los hombres.

Circe: Muchos nombres me dio Odiseo estando en mi lecho. Un nombre cada vez. Al comienzo fue como el gri­to de la bestia, de un cerdo o del lobo, pero él mismo advirtió que eran sílabas de una sola palabra. Me llamó con los nombres de todas las diosas, de nuestras herma­nas, con los nombres de la madre, de las cosas de la vida. Era como una lucha conmigo, con la suerte. Quería llamarme, tenerme, hacerme mortal. Quería romper algo. Puso en ello inteligencia y coraje -los tenía- pero no supo nunca sonreír. No supo nunca lo que es la sonrisa de los dioses -de nosotros que conocemos el destino.

Leucotea: Ningún hombre nos entiende a nosotras ni a las bestias. He visto a tus hombres. Convertidos en lobos o cerdos, rugen aún como si fueran hombres. Es un tor­mento. Pese a su inteligencia son bastante obtusos. ¿Has jugado mucho con ellos?

Circe: Los disfruto, Leucó. Los disfruto como puedo. No me fue concedido tener un dios en mi lecho, y de los hombres, solamente Odiseo. Todos los otros, cuando los toco, se vuelven bestias y se enfurecen, y me buscan así, como bestias. Pero con ellos no debo siquiera son­reír; los siento cubrirme y luego volver a sus madrigue­ras. No bajo los ojos por eso.

Leucotea: Y Odiseo...

Circe: No me pregunto quiénes son... ¿Quieres saber quién era Odiseo?

Leucotea: Dime, Circe.

Circe: Una noche me describió su llegada a Eea, el miedo de sus compañeros, los centinelas apostados en las naves. Me contó que toda la noche escucharon los gruñidos y rugidos, echados sobre los mantos a la orilla del mar. Y después que, cuando se hizo de día, vieron más allá de la selva alzarse una espiral, y que gritaron de alegría, reconociendo la patria y las casas. Estas cosas me las dijo sonriendo -corno sonríen los hombres- sentado a mi lado frente al fuego. Dijo que quería olvidar quién era yo y dónde estaba, y aquella noche me llamó Penélope.

Leucotea: Oh, Circe, ¿tan tonto ha sido?

Circe: Leucina, también yo fui tonta y le pedí que llorara.

Leucotea: ¡Figúrate!

Circe: Pero no, no lloró. Sabía que Circe ama las bestias, que no lloran. Lloró después, lloró el día en que le hablé del largo viaje que le faltaba y del descenso al Averno y de la densa oscuridad del Océano. Ese llanto que limpia la mirada y da fuerza, hasta yo, Circe, lo entiendo. Pero aquella noche me habló -con risa ambigua- de su in­fancia y del destino, y me preguntó sobre mí. Riéndose, hablaba. ¿Entiendes?

Leucotea: No entiendo.

Circe: Riéndose. Con la boca y la voz. Pero los ojos llenos de recuerdos. Luego me pidió que cantara. Y cantando me puse al telar y mi voz ronca la volví voz de hogar y de infancia, la volví dulce, le fui Penélope. Se tomó la cabeza entre las manos.

Leucotea: ¿Y quién reía al final?

Circe: Ninguno, Leucó. También yo esa noche fui mortal. Tuve un nombre: Penélope. Aquella fue la única vez que, sin sonreír, miré a la cara mi suerte y bajé los ojos.

Leucotea: ¿Y este hombre amaba un perro?

Circe: Un perro, una mujer, su hijo y una nave para recorrer el mar. Y el retorno innumerable de los días no le pareció nunca destino. Y corría hacia la muerte sabien­do lo que era, y enriquecía la tierra con palabras y hechos.

Leucotea: ¡Oh, Circe! No tengo tus ojos, pero aquí yo también quiero sonreír. Fuiste ingenua. Le hubieras dicho que el lobo y el cerdo te cubrían como a una bes­tia, y hubiera caído, se hubiera vuelto bestia él también.

Circe: Se lo dije. Torció apenas la boca. Poco después me dijo: “Con tal de que no sean mis compañeros".

Leucotea: Celoso, entonces.

Circe: Celoso no. Los apreciaba. Lo entendía todo. Excepto nuestra sonrisa de dioses. Aquel día que lloró en mi lecho no lloró de miedo, sino porque el último viaje le era impuesto por el hado, era algo ya sabido. “Entonces, ¿por qué hacerlo?", me preguntó ciñéndose la espada y caminando hacia el mar. Yo le traje la oveja negra y, mientras los compañeros lloraban, divisó un vuelo de golondrinas sobre el techo y me dijo: "También ellas se van. Pero no saben lo que hacen. Tú, señora, lo sabes".

Leucotea: ¿Nada más te dijo?

Circe: Nada más.

Leucotea: Circe, ¿por qué no lo mataste?

Circe: Ah, soy realmente una estúpida. A veces olvido que nosotras sabemos. Entonces me divierto como una muchacha. Como si todas estas cosas les ocurrieran a los grandes, a los Olímpicos, y ocurrieran así, inexorables pero hechas locamente, de improviso. Lo que nunca preveo es justamente el haber previsto, el saber cada vez lo que haré y lo que diré. Así, lo que hago y lo que digo se vuelve siempre nuevo, sorprendente, como un juego, como aquel juego de ajedrez que Odiseo me enseñó, todo reglas y normas pero tan hermoso e imprevisto, con sus piezas de marfil. Él me decía siempre que ese juego era la vida. Me decía que es una forma de vencer al tiempo.

Leucotea: Recuerdas demasiadas cosas de él. No lo volviste cerdo ni lobo, y lo volviste recuerdo.

Circe: El hombre mortal, Leucó, no tiene sino esto de inmortal. El recuerdo que lleva y el recuerdo que deja. Los nombres y las palabras son esto. Frente al recuerdo, también ellos sonríen, resignados.

Leucotea: Circe, tú también dices palabras.

Circe: Conozco mi destino, Leucó. No temas.


 

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