Charo Prados

Poemas

 

Paul Cornoyer: Primavera temprana en Central Park

 



ALEGRÍA


		A  Claudio Rodríguez


La alegría, 
esa muchacha que sabe los caminos.

La que va y viene, ligera,
y al sendero
regresa siempre, y baila en tu cintura.

La que canta
en mis manos morenas y en tu pecho.

Hambre de pan, de huerto
cerrado entre las piernas, y esperando.


AUSENCIA Pues tengo la certeza de tu ausencia ya vivo el desamor y desespero de este amor fugitivo y prisionero al tiempo que me crezco en tu presencia. La espera, la ternura, la violencia de tus manos, de mí, corazón fiero, arrancan las palabras – yo te quiero -, conjurando, feliz, la indiferencia. Y peno en tus rodillas y en tu pecho maldiciendo tu boca de guirnaldas, tu vientre de medusa aquí varado. El rastro de tu amor no me ha dejado. Lo llevo en mi memoria y en mis faldas, para tu dulce rostro, como un lecho.
PROFUNDO MAR Creía que el amor era una fuente tranquila, una palabra quieta. Este claro del bosque en que respiro tu verde, vegetal, enfebrecida gracia. El sueño en que reposo cuando duermes conmigo. La mirada encendida. Pero llegaste tú desde la selva y me contaste una historia de mestizos, de casas incendiadas, de muchachos y niñas que velan espantados. Con tu risa feroz y tu profundo, desconsolado amor a todo lo que fluye, me cogiste la mano y me llevaste a la orilla de un río. El que te arrastra, y me arrastra y nos lleva, entre sus aguas, hasta el profundo mar que ahora nos mece con sus manos gigantes.
SER TÚ Ser la rama cimbreante del tabaco, las olas de esta playa, la dulcísima color de primavera en esas rocas de arcilla y arenisca. Sobrevolar con cuerpo de milano sus crestas verdeadas, los pinos centenarios al desgaire. Sentir la vasta soledad de los barcos al oeste, aquella frágil transitoria blancura de los cardos. Husmear el verano en tu cintura. Ser tú, contemplar desde tus ojos como estrellas abiertas a la noche, la playa, los milanos, el poniente.
PERDONADME Os marchasteis callados, sin tiempo a despedidas y cerrasteis los ojos para siempre. Y ahora que ya no estáis, abuelos campesinos, mi amiga de la infancia con su hijo en el vientre, mi hermano, de tan cerca como habíamos crecido, os pido en esta noche perdón y vuestro aliento. Y también a vosotros, los que huisteis desnudos del dolor, solitarios, -la muchacha delgada que no quería crecer, mi amiga que pensaba que el amor era suyo, el que lanzó su cuerpo, como si fueran piedras, por un balcón abierto, en busca de su padre- he de deciros algo. Tengo que hablaros pronto, antes de que amanezca. La vida fluye, corre hacia el mar infinito que es el morir. Eso bien lo sabéis, y conocéis mi antiguo amor por lo que, ardiente, se para y nos detiene al borde del camino, como fuego en otoño. Y por eso le quiero, porque paró mis manos y mis ojos absortos y el corazón pequeño y los ató a su cuerpo de madera olorosa, a su pecho gigante y a su rostro tranquilo. Ahora tengo una casa, sus manos me cobijan. Perdonadme vosotros, los que ya estáis ausentes. Miradme con piedad, sonreídme, compañeros en este largo viaje.
EN LA DISTANCIA A Luis García Montero Y ahora ya está, mi amor, todo más claro. La luz de marzo recorta los tejados, los ecos de la torre, las campanas. Callejea el amor por estas calles. Ahora que tú te has ido primavera nos visita de fiesta y en el barrio las muchachas sonríen y se visten de colores más vivos. Amarillos, los jazmines apuntan la mañana, azules se levantan los gorriones, y en la tarde las nubes, de violeta, desdibujan las sombras, ya tardando. En tu ciudad aún llueve, y en la noche te refugias al hilo del teléfono. No me llames, amor, tu voz tan clara me levanta los pechos, y no duermo recordando tu cuerpo. Ven a verme en las rosadas luces de la aurora, en la blanca mañana, en el cristal bruñido de la tarde.
NO CONOZCO LA FE A Luis García Montero Y yo vuelvo a mirarte, con paciencia de isla, a la vuelta de un viaje más bien triste. En mi casa el naranjo ya ha brotado. Las flores diminutas de azahar son anuncio feliz de un tiempo nuevo: que la ventisca que sopla el mes de marzo nos arrastre y se lleve las incesantes lluvias de este invierno. Que su fuerza me deje desnuda ante tu voz que, crepitando, me busca al otro lado del teléfono. No conozco la fe sino tu cuerpo de palmera que crece.


 

Cabecera

Portada

Índice