Charo Prados

La carpa de oro

 

Henri Matisse: El pez de oro

 


Era sábado. De eso estaba segura porque la piel le olía a jabón. Y porque tenía el pelo un poco mojado. Y porque en la cocina la olla con los garbanzos hacía chup-chup. Los sábados siempre comían garbanzos. Y no había que ir al colegio. Y se bañaban en la bañera grande. Por la tarde irían a la huerta a comprar naranjas.

Al niño siempre lo bañaban el primero, en el agua limpia, recién salida del grifo. Después le tocaba a ella. Mamá le dejaba añadir un poco de agua caliente, pero no mucha. Si echaba demasiada, el agua caliente se gastaba, y todavía tenía que bañarse su hermana mayor. A veces se bañaban juntas, aunque ya casi no cabían. El agua estaba un poco sucia, y dejaba un borde como de nata oscura en las paredes blancas de la bañera. Pero podían quedarse mucho rato. Y después se secaban con las toallas blancas, que mamá dejaba bien dobladas encima del banquillo.

Las toallas eran un poco ásperas, dejaban en la piel caliente y húmeda pequeñas marcas rojizas. Pero después de secarse con ellas se volvían blandas, y servían para hacerse disfraces: de mora, de romana, de Cleopatra, de india. En el cuarto de baño el vapor del agua caliente formaba una nube densa, turbia, que mareaba un poco. Los azulejos sudaban gotitas de agua fría, que resbalaban hacia abajo formando dibujos caprichosos. Aunque si se quedaban demasiado rato empezaba a hacer frío, y el tacto húmedo de las toallas se volvía viscoso, como de saliva o de sangre.

El agua de la pileta de la casa de la abuela estaba fría y era oscura. Casi negra. El verdín recubría las paredes, y también era viscoso. Del grifo dorado caía a veces una gota, que dibujaba un círculo en la superficie verdinegra. El círculo se abría cada vez más, hasta tocar las paredes del pilón. Entonces se rompía. Y el agua volvía a quedarse quieta. Daba un poco de miedo, como si no tuviera fondo, o en el fondo vivieran seres extraños, peces con dos cabezas, arañas de agua, gusanos venenosos. La abuela decía que el agua del pilón no se podía beber, porque tenía sanguijuelas. Las sanguijuelas eran bichitos invisibles, que te mordían por dentro y te sacaban la sangre.

En la huerta de las naranjas había una alberca. Era como un pilón grande, cuadrado. Las paredes eran muy altas y estaban pintadas de blanco. Para asomarse había que dar la vuelta, y subirse en unas piedras altas y planas que había por la parte de atrás. El pretil era ancho, y rascaba. El agua también era oscura, y debía de estar muy fría. No se veía el fondo, como en el pozo de la casa de la otra abuela. Eso hacía cosquillas en el estómago, como cuando se tiene mucha hambre. Pero había que aguantar un rato si querías ver la carpa.

La carpa estaba siempre dormida allí abajo. Era tan grande que casi no podía moverse dentro de las cuatro paredes blancas de la alberca. Los hijos del dueño de la huerta tenían un palo largo, una rama de naranjo a la que le habían arrancado las hojas. Con él agitaban el fondo, levantado olas de color verde oscuro. Despertaban al gran pez. Lo obligaban a moverse perezosamente, buscando un sitio más tranquilo donde echarse a dormir.

-Muévete, muévete, le gritaban.

Estaban subidos en el pretil, a horcajadas, y metían los pies descalzos en el agua negra. Como eran mellizos, lo hacían siempre todo juntos. Y no se sabía quién era quién.

A veces la carpa no se movía. Tenía demasiado sueño. Estaba demasiado gorda. O quizás se había ido. Sólo ella sabía que en el fondo de la alberca había un túnel. Un túnel negro y largo, que llevaba al centro de la huerta. Allí había un pilón subterráneo, en el que se podía nadar sin que nadie te despertara. Las raíces de todos los naranjos terminaban en el agua quieta, que en invierno era de color verde claro. Pero en enero el agua se volvía amarilla, y al principio de la primavera tenía el color dorado de las naranjas maduras. Porque la carpa comía sol. Y en su estómago inmenso llevaba el sol desde la superficie de la alberca hasta las aguas sumergidas y las raíces de los árboles. Era un trabajo lento, muy pesado. Por eso al principio del año, cuando los libros de la escuela estaban todavía nuevos y apenas había llovido, las naranjas eran verdes. Y sabían ácidas. Hacían cosquillas en la nariz, como los caramelos de menta.

El dueño de la huerta tenía las piernas dobladas, formando un arco, y andaba muy despacio, con movimientos extraños, como de enano. Cogía las naranjas subido a una escalera de madera muy alta. Su padre le decía:

-Veinte kilos.

Y el hombre cogía un saco de rafia, que era como una tela de plástico blando, y lo iba llenando, cogiendo de cada árbol las naranjas más gordas, las que tenían la piel verde y rugosa salpicada de manchas amarillentas. Se las daba a probar a su madre, que las pelaba con las manos, arrancando trozos pequeños de piel con las uñas. El abuelo pelaba las naranjas con una navaja pequeña. Primero hacía un corte redondo en la parte de arriba, donde el rabo había dejado un marca oscura y dura, y luego en el culo, donde la piel dibujaba unas arruguitas parecidas a las del ombligo. Debajo de esas arruguitas estaban los gajos pequeños, formando un racimo apretado. Luego quitaba las tapaderas, y hacía con la punta de la navaja cortes que se parecían a las rayas del mapamundi que había en la pared del despacho del director de la escuela. Por último tiraba de la piel con sus manos inmensas.

Si pelabas las naranjas con las manos te dejaban un olor ácido, parecido al del azahar que echaba el limonero que había en el patio de la abuela. Los limones también eran muy ácidos, si los mordías parecía que te quemaban los labios y la lengua. Eran buenos para el dolor de barriga, con un poco de agua y unos polvos blancos que la abuela guardaba en la alacena y que se llamaban sal de frutas. Pero no sabían a fruta, y a veces daban ganas de vomitar.

El hombre tardaba mucho rato en coger las naranjas. Y los mellizos se cansaban de llamar a la carpa, y a ella le dolían los brazos de estirarse para llegar hasta el pretil. Entonces se iba a dar una vuelta. La tierra estaba húmeda, y dejaba las suelas de los zapatos manchadas de barro rojizo. Pero estaba permitido pisar la tierra. Y coger jaramagos, que eran amarillos como los limones pero más claritos. Porque comían menos sol. Por eso no les daba tiempo de volverse dorados, aunque eran mucho más pequeños que las naranjas. Y no se podían comer. Mamá decía que tenían veneno.

Algunas veces había amapolas. Las amapolas eran unas flores muy rojas, como la sangre. Así que no comían sol. Pero salían de la tierra cuando las naranjas ya estaban maduras. Era un misterio de dónde sacaban aquel color tan extraño. Mamá decía que no se podían coger. Porque si las cogías, se morían enseguida. No servían para hacer ramos. Había que dejarlas allí, sobre la tierra rojiza, entre la hierba verde. Para que vivieran en paz.

Aquella tarde ya había amapolas. Las naranjas estaban grandes y brillantes. Ya no hacían cosquillas en la nariz. Sabían dulces. El cielo estaba muy alto, y le daban ganas de quitarse los zapatos de cordones y los calcetines gordos y caminar descalza sobre la tierra. Pero eso no estaba permitido. Podía resfriarse. Eso decía mamá. Si te resfriabas te metían en la cama con muchas mantas, y te daban jarabes con sabor a fresa. Y aspirinas. Y te ponían una crema que olía a menta en el pecho con un algodón caliente encima. Y no ibas al colegio. No era tan malo. Pero a mamá no le gustaba que los niños se resfriaran.

Los mellizos estaban subidos en el pretil de la alberca cuando llegaron. Estaban llamando a la carpa. Habían afilado la punta del palo, que ahora parecía una lanza de las que salen en las películas de la selva que ponen por la tele los sábados después de comer. Ellos sí iban descalzos. No se resfriaban porque estaban acostumbrados. Porque eran hijos del dueño de la huerta. Y sabían subirse a los árboles. Y no tenían una mamá que les pelara las naranjas y les dijera lo que estaba prohibido. Y no tenían miedo de nada.

La carpa estaba muerta de sueño, escondida en un rincón oscuro. Y no se movía. Por mucho que agitaran el agua delante de sus narices. Por mucho que le gritaran. El calor le daba pereza. Estaba demasiado gorda. Y demasiado cansada de tanto acarrear en su estómago los trozos de sol que se comía. Para que las naranjas maduraran. Y se volvieran dulces y brillantes. Y su padre dijera:

-Ahora sí que están buenas.

Aunque a ella le gustaban verdes. Como a su madre. Y comer naranjas verdes no estaba prohibido.

Los mellizos estaban muy nerviosos. El calor los ponía así, medio salvajes. Uno de ellos se puso de pie sobre el pretil. Y blandió la lanza hacia delante y hacia atrás, como en las películas. Y la lanzó con todas sus fuerzas. Hacia el lomo oscuro de la carpa dormida. Y el palo se quedó allí clavado unos segundos, antes de desplomarse sobre el agua oscura. Porque la carpa tenía la piel muy dura. Aunque su padre decía que los peces no tienen piel, sino escamas. Como uñas brillantes. Pero no le sirvieron para defenderse. Porque estaba dormida, y cansada de tanto comer sol para alimentar a todas las naranjas de los árboles de la huerta. Del lomo le salía un líquido oscuro, rojizo, como sangre mezclada con saliva o con agua, que dibujaba círculos que se hacían cada vez mayores. Así que eso era lo que comían las amapolas. Sangre de carpa. Quizás por eso se morían si las arrancabas, y no servían para hacer ramos que adornaran la cómoda de la abuela.

No pudo contenerse. El estómago le ardía, le daba pellizcos, como si lo tuviera lleno de sanguijuelas. Pero no había bebido agua del pilón. Y sabía que lo que iba a hacer estaba prohibido. Aún así, tenía que hacerlo. Se bajó de las piedras sin que nadie se diera cuenta, y se puso a arrancar amapolas, montones de amapolas. Como una loca. Y las echó al agua. Para que alimentasen a la carpa. O para que se murieran delante de sus ojos. O para que le devolvieran las escamas plateadas que había perdido. Para que hicieran algo.

Y luego se puso a llorar. Silenciosamente. Porque las niñas grandes no lloran. Y porque los mellizos se habrían reído de ella. Y porque su padre ya había cargado el saco de rafia con los veinte kilos de naranjas en el maletero del coche. Y era hora de volver a casa de la abuela. Porque se estaba haciendo de noche.


 

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