Charo Prados

Una historia fabulosa

 

Robert Delaunay: Formas circulares

 


 

El patio de la escuela era de albero. Una cinta estrecha de cemento lo dividía en dos mitades: a la izquierda, los niños; a la derecha, las niñas. Las aulas también estaban separadas: dos grandes edificios de ladrillo se recortaban, iguales, al fondo del patio inmenso. Delante de los bloques rojizos se formaban todos los días las filas de críos, paralelas, perfectas, como trazadas con un tiralíneas, con los niños colocados por orden de estatura, las cabezas creando una escalera de peldaños asimétricos.

Antes de entrar en las aulas, en medio de un silencio sepulcral, se numeraban, girando bruscamente la cabeza y gritando un número al niño de atrás, el brazo derecho estirado y la mano colocada sobre el hombro del niño de delante, marcando las distancias. Parecían un pequeño ejército de babis blancos, aunque sin armas. Los niños del recreo sí tenían armas: arrojaban piedras pequeñas y punzantes a las niñas que se atrevían a acercarse a su territorio.

A Teresa le gustaba ir al colegio. Allí podía leer, dibujar, mirar los mapas enormes, hacer cuentas, escuchar las historias que contaba la maestra. Pero su abuelo siempre decía que en el colegio no aprendía nada de nada.

La verdad era que él se sabía otras historias. Las sacaba de un libro de tapas rojas que tenía guardado en el aparador, o de su propia cabeza, o de la televisión. Casi siempre estaba sentado en su hamaca, en un rincón del comedor, mirando la pantalla. Le gustaban las películas del oeste. Y las de romanos. Se sentaba muy serio, con la pipa encendida. Y aunque mientras duraba la película no abría la boca y miraba y escuchaba con mucha atención, como si fuera un niño más, no se creía todo lo que veía, ni mucho menos. Siempre estaba diciendo que aquello era un embuste, que los actores hacían y decían cosas que nunca podrían suceder en la realidad. Como lo de poner un pie en la luna. Ni un niño de pecho se tragaría aquel cuento.

 

La mañana del trece de octubre Teresa preparó la maleta con especial cuidado. Comprobó que llevaba todos los libros, y la libreta de gusanillo, y el plumier con los lápices, la regla, la goma, el sacapuntas. El vaso plegable, con su tapa roja traslúcida, y los dos paquetitos de papel de estraza, el del azúcar y el del colacao. La libreta verde de los dictados y las cuentas. Y el cristal ahumado.

Su padre se había pasado toda la tarde preparando aquel invento. Buscó una botella que ya no sirviera, la partió en el lavadero procurando que no saltara por los aires, escogió un trozo grande y redondeado. Luego buscó una vela en el cajón de la mesa de la cocina y la encendió. Con mucho cuidado, para que la cera caliente y líquida no manchara el cristal verdoso, sostuvo el cristal sobre la llama. El fuego lamía los bordes del culo de la botella y los iba volviendo grisáceos. Al cabo de un rato el cristal era negro como el carbón. Si lo tocabas, todavía tibio, te tiznaba las manos. Su madre andaba protestando de los inventos de la maestra. A Teresa le hacía cosquillas la barriga, de puro contenta.

Al final la madre sacó una camiseta vieja de la cesta de los trapos y envolvió el cristal. Luego lo metió en una bolsa de plástico y le echó un nudo. En otra bolsa metió el vaso y los paquetitos con el azúcar y el colacao. Al día siguiente, cuando dejó a Teresa en la puerta del colegio, le dijo que tuviera mucho cuidado de no cortarse con aquel cristal. Y que no mirara al sol mucho rato, que se podía hacer daño en los ojos.

A las doce en punto todos los chiquillos de la escuela salieron al patio. No los pusieron en fila, como cuando iban a entrar o a salir. Cada clase se arremolinaba en torno a su maestro. La maestra de Teresa, que también se había traído de casa un trozo de cristal ahumado, repetía las instrucciones del día anterior a grito limpio, agitando las manos y la cabeza en medio de la barahúnda que se había formado en el patio. Por fin todos los niños sacaron su cristalito y se pusieron a mirar al cielo. El sol estaba redondo como una moneda. La maestra le dijo a Teresa que se fijara bien en el sol: por la parte de abajo, a la izquierda, el redondel amarillo estaba ya un poco chato.

Y entonces sucedió. Lentamente, al sol le fue saliendo una mancha negra. Al principio era pequeña, como una uña, y había que fijarse mucho para verla bien. Los bordes se movían de una forma extraña, como si se reflejaran en el agua de una charca. Pero luego la uña se fue haciendo cada vez más grande, y se movía. Empezó a hacer frío. La mancha fue creciendo y creciendo, y parecía que iba a tragarse al sol. Daba un poco de miedo. Pero la maestra había explicado que la luna era más pequeña que el sol. Y que, aunque estaba mucho más cerca de la tierra, era muy difícil que se colocara exactamente delante. Que era un eclipse parcial, y que por eso no se notaba apenas, a no ser que miraras al sol a través de un cristal negro. Y eso fue exactamente lo que pasó. La mancha negra empezó a desaparecer por el otro lado. Al cabo de un rato el sol era otra vez una bola redonda y roja.

 

El sábado siguiente, cuando se montó en el coche y su padre cogió la carretera del norte, por delante del cementerio, camino del pueblo, a Teresa le hacía cosquillas la barriga. Por fin había aprendido en la escuela algo que a su abuelo le iba a gustar. Tenía una historia que contar. Estaba segura, además, de que había sucedido de verdad, lo había visto con sus propios ojos. Era una historia fabulosa.

Después de comer, cuando se sentaron en el comedor a ver la película, Teresa empezó a hablarle a su abuelo de la tierra y de la luna y del sol. De cómo giraban en el cielo, danzando con una música invisible. De lo que los hombres, observando el cielo con mucha paciencia, habían descubierto a lo largo de los siglos. De cómo a veces se cruzaban sus caminos y ocurrían cosas extrañas. De lo que sucedió el día del eclipse.

Pero su abuelo no había visto nada. Y no se creyó la historia que le contaba Teresa. Riéndose, le preguntó que si había visto unos hombrecillos vestidos de buzo paseando por el borde de la luna. Luego se puso a mirar la televisión.

 


 

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