Juan Ignacio González del Castillo

El cortejo substituto


 

Francisco de Goya y Lucientes: La sombrilla

 


 

"[...] no debe olvidarse que los sainetes de González del Castillo son también una fuente admirable para adentrarnos en otros aspectos de finales del siglo XVIII gaditano, en el que tantas otras facetas de la cultura popular comienzan a cobrar vida. Josep María Sala Valldaura, el mejor estudioso de la obra sainetesca de nuestro autor, alude así a ese atesoramiento de informaciones costumbristas que subyacen en los sainetes: 'el precostumbrismo de González del Castillo aventaja al costumbrismo inmovilista en tres puntos: la posibilidad de la particularización, el partir de una realidad viva y no en trance de desaparición, y la relación del autor con el público, al que tiene una gran simpatía y se acerca sin paternalismo, no con la lente del obsesionado cazador de peculiaridades'. La mayor parte de los sainetes están situados en esos espacios fronterizos -el café, la taberna, la casa de vecindad, el barrio, las bodas, las fiestas- en que se funden lo público y lo privado y que constituían en aquella época el mejor caldo de cultivo para la nueva sociedad que traería el romanticismo. Todo eso ya González del Castillo lo anuncia."

ALBERTO GONZÁLEZ TROYANO




EL CORTEJO SUBSTITUTO


PERSONAS

DON PEDRO, cortejo substituto.
DON JOSÉ, cortejo de
DOÑA ANA.
DON JUAN, cortejo de
DOÑA TECLA.
DON HILARIO, cortejo de 
DOÑA ISABEL.
DOÑA ISIDORA.
FELIPA, criada.
BENITO, criado.

Habitación de DON PEDRO, con sillas, mesa con libros, papeles y escribanía. BENITO aparece en el teatro y DON JOSÉ sale por la derecha.

 


JOSÉ

¿Está ahí tu amo?


BENITO

                               Ahí está.


JOSÉ

Pues dile que aquí lo aguardo.


BENITO

Está muy bien. (Vase.)


JOSÉ

                         Mientras viene,
estos papeles veamos.
La Casandra. ¡Puf, qué peste!
No hay paciencia para tantos
traductores de novelas 
y romances. El Diario
de Cádiz; si dura más
pienso que hasta los serranos
hubieran zampado cartas 
en el cepillo. Leamos:
La Magdalena cautiva,
comedia nueva en tres actos.
Dale que han de ser poetas,
y dale que son naranjos.
Pero ¡tate!: Observaciones
de don Pedro Montefalco
sobre el mérito de varias
currutacas. Yo lo guardo.
¡Don Pedro escritor! ¿Por dónde?
Pero él sale.


PEDRO

(Saliendo.) Adiós, Pepazo.
¿Tú por acá? ¿Qué hay de nuevo?
¿Te ausentas, o estás acaso
de entredicho con doña Ana?


JOSÉ

No es nada de eso. Otro enfado 
vengo a darte.


PEDRO

                        ¿Qué se ofrece?
Despachemos; que ahora acabo 
de recibir diez esquelas
de diez damas que han quebrado
con sus cortejos; y es fuerza
asistir a su despacho
mientras dura el interregno.


JOSÉ

Pues, Periquito; mi encargo
se reduce a que esta noche
acompañes a un sarao
a mi doña Ana.  


PEDRO

                          No puedo;
eso es ya mucho trabajo.
¿Qué pretenden los cortejos?
¿No consuelo, no acompaño
sus damas en las ausencias
y enfermedades?


JOSÉ

                             Es claro.


PEDRO

Pues si quieren más, que busquen 
un substituto de palo;
que yo no puedo con tantas 
obligaciones.


JOSÉ

                       Un rato
más o menos...


PEDRO

                           No es posible;
y si no mira el estado
de los cortejos del día.
Doscientos hay embarcados;
quinientos están enfermos;
trescientos andan viajando;
ciento y ochenta suspensos,
y diez que han abandonado
sus puestos cobardemente.
(Guarda el papel.)
Sobre que en catorce años
que desempeño mi empleo,
nunca he visto en los estrados
tan grande revolución.
Mucho asunto en este ramo
hallarán los escritores 
de nuestro siglo.


BENITO

(Sale con un papel.) Un criado
viene con este billete.


PEDRO

¡Ay!, ya no puedo con tanto
cortejo con tabardillo.
(Lee.) "Junto a los Desamparados;
número cuarenta y tres,
doña Leonarda Camacho."
Esto es morir.


JOSÉ

                         Yo no sé 
cómo puedes dar abasto.


PEDRO

Pediré que me jubilen 
si aprieta más el trabajo;
y si no que me señalen
un compañero.


BENITO

(Saliendo.) En el patio,
licencia espera una dama.


PEDRO

Dile que suba, pelmazo.
Vete al punto; que sin duda
éste es caso reservado.


JOSÉ

Cumple con tu obligación.
Adiós. (Vase.)


PEDRO

             Escribe en llegando.
¡Cáscaras! Sólo faltaba
que por irse a picos pardos
me encajase a mí la pupa.


ISIDORA

(Saliendo.) Don Pedro, beso su mano.


PEDRO

Señorita; este favor
fuera sin ese recato 
más apreciable.


ISIDORA

                           Si en eso
consiste, ya me destapo.


PEDRO

¡Hermosa cara! ¿Y quién rinde
adoración a ese cuadro?


ISIDORA

Don Ignacio Argamasilla.


PEDRO

¡Oh, qué lindo pajarraco!
Ése muda más cortejos
que camisas. ¡Cuánto, cuánto
me da el tal hombre que hacer!
Pero, en fin, vamos al caso:
¿qué ha sucedido? 


ISIDORA

                               Que ayer,
estándome yo peinando,
vino serio a preguntarme
de qué color era el lazo 
del prendido; respondíle
que de cielo, y alterado
me replicó:"No ha de ser
sino verde guacamayo.
-Será cielo. -No será.
-Pues yo quiero. -Yo lo mando."
Al oír esta terrible
palabra, le tiré un ramo
de flores a la cabeza;
pasóle un jazmín rozando
la patilla, y como un tigre
comenzó a pisotearlo.
Yo, más airada, le arrojo
el peine, después un paño
de cara, cuatro plumeros,
y al levantar luego el brazo
con la borla de los polvos
me dijo tal dicharacho,
que, del bochorno, un minuto
estuve con un desmayo.


PEDRO

¡Qué perverso! Yo discurro
que no hay en el gremio cuatro
cortejos tan insufribles.
Mire usted: habrá dos años
que riñó con doña Clara
Falcón, por unos zapatos;
y, porque la pobre dama
le estampó algunos araños,
le pegó tal bofetón
que le hizo un desconchado
en la mejilla derecha,
de tres pulgadas en cuadro;
de modo que el lance fue
muy ruidoso en los estrados;
y estuvo cuatro minutos,
y un segundo, arrodillado
para conseguir que fuese
aquella noche a un sarao.


ISIDORA

El traidor tomó la puerta
sin hacer el menor caso
de mis suspiros, después
que lo antepuse a un hidalgo
portugués, nieto del rey
don Sebastián, que prendado
de mis gracias me mandó
un día cinco lacayos
con un papel en estilo
metafórico... Mas cuando...
¿Qué es esto? ¡Jesús mil veces!...


PEDRO

¡Pobre señora! Un desmayo.
Apliquémosle el succino.


ISIDORA

¡Ay de mí!


PEDRO

                   Remedio santo.


ISIDORA

Desde anoche estoy así.


PEDRO.

¡Vaya, que estoy espantado!
Yo no he visto un accidente 
más violento. Le ha durado
medio minuto. ¡Qué horror!


ISIDORA

¡Ay, don Pedrito; en sus manos
pongo  mi vida!


PEDRO

(De rodillas.) Bien mío;
usted disponga a su agrado
de mi terneza. Yo juro
idolatrarla, entretanto
que un cortejo en propiedad
corte el interino lazo.


ISIDORA

Eso sólo me conforta.


PEDRO

Pero es fuerza que sepamos
qué servicios quiere usted;
¿los visibles, o privados?


ISIDORA

Explíqueme usted.


PEDRO

                                Señora;
como mi empleo es tan vasto
no es posible enteramente
cumplir con empeños tantos.
Con unas sólo me obligo
a llevarlas al teatro,
al paseo, a la visita;
y con otras me contrato
para el tocador, la mesa,
la tertulia y el estrado.
Ya ve usted que sólo así
puedo servirlas con garbo,
y aun, con todo, no me libro
de araños y abanicazos.


ISIDORA

Pues, don Pedrito, conmigo
tendréis muy poco trabajo,
porque la Alameda es sitio
de polvareda y codazos;
el Arrecife es paseo
de coches y de caballos;
y sólo la calle Ancha,
entre once y doce, es el campo
donde puede una mujer
soltar las riendas al garbo.


PEDRO

Ya se ve; como que están
las tiendas llenas de argos,
y al olor de una basquiña
salen más de mil gazapos
fuera de sus madrigueras.


ISIDORA

Yo espero enjugar el llanto
muy pronto.


PEDRO

                     No tiene duda;
pero en yendo yo a su lado
conocerán que está vaca 
la prebenda, y a dos manos
recogerá memoriales
de tiernos enamorados.


ISIDORA

Pues cuenta con no faltar
a su deber.


PEDRO

                    Ni pensarlo.


ISIDORA

¡Ay, que me da, que me da!...
(Se desmaya.)


PEDRO

¡Qué dolor! ¿Otro desmayo?
Pues salga el succino.


ISIDORA

                                    ¡Cielos,
yo fallezco! 


PEDRO

                     Es un milagro
el succino. Ea, mi bien, 
tenga usted valor...


ISIDORA

                                  El paso
no es para menos.


PEDRO

                              Ponerse
una pítima en llegando.


ISIDORA

Ya me vuelve. (Se desmaya.)


PEDRO

                          ¿Otro deliquio?
Pues el pomo.


ISIDORA

                         Ya ha pasado.


PEDRO

Señora; tres accidentes
en tan cortísimo espacio 
me tienen fuera de mí.


ISIDORA

Véngame usté acompañando.


PEDRO

Vamos, mi bien; y el succino
se lo llevaré aplicado.

 

 

Sala con sillas, y salen DOÑA ISABEL y FELIPA.

 


ISABEL

¿Has visto pasar, Felipa,
por la calle a don Hilario?


FELIPA

Nada menos que seis veces.


ISABEL

Eso sí; pene el ingrato
que bastantes sinsabores
su inconstancia me ha costado. 


FELIPA

Hételo por dónde viene. (Vase.)


ISABEL

Pues me ha de encontrar de mármol.


HILARIO

(Saliendo.) No pienses que vengo, ingrata,
a solicitar tu lado,
pues llegaron a su colmo
tu injusticia y mis agravios;
hoy sólo vengo a volverte
tus papeles; estos rasgos
que besaba en otro tiempo
ya no quiero aun conservarlos.


ISABEL

Caballero; usted pudiera
mandarlos con un criado.
¡Válgame Dios! Cuánto siento
que se tome ese trabajo.


HILARIO

¿Ves, inconstante; ves como
fueron falsos tus halagos,
cuando estás con tal frescura?


ISABEL

¿Pues qué quiere, don Hilario;
que me dé cuatro sangrías
en despique de haber dado
a doña Clara de Rivas
su corazón, olvidando
antiguas obligaciones?


HILARIO

¿Yo a doña Clara? ¡Qué engaño!


ISABEL

Yo lo sé de buena tinta,
mi señor, mas no me espanto;
doña Clara es una dama
de mérito, por su garbo,
por su chiste, por el gusto
de su aliño y el boato
de su casa; finalmente,
la tal dama fuera un pasmo
si no tuviera la falta
de un si es no es de desgarro,
mucho de coquetería
o ligereza de cascos;
defectos que, ciertamente,
jamás podrá dispensarlos
un galán de tanto punto,
tan constante, tan honrado,
y sobre todo tan firme,
como puedo yo jurarlo.


HILARIO

¡Vive Dios que esa ironía
me desespera! Di: ¡cuándo
he dado el menor motivo?


ISABEL

La otra noche en el sarao,
después de la contradanza,
hubo el excelente paso 
de abanicar y limpiarle 
el sudor de cuando en cuando.
Hubo aquello... Mas ¿qué importa?
¿Para qué nos fatigamos?
Ya he mandado yo el billete
a don Pedro. Aquí le aguardo;
conque usted tiene licencia
para marcharse en gustando.


HILARIO

¡Ya sufrir tanto es bajeza!
¡Vive el cielo!


PEDRO

(Saliendo.) Si he tardado,
madamita, dispensadme.
¿Pero qué es esto? Tú, Hilario,
¿eres el enfermo?


HILARIO

                              Estoy
por hacer un atentado.
(Se tira en una silla.)


PEDRO

Hombre, ten pecho; estos lances
en amor son ordinarios.
Mira; ayer substituí
siete veces a don Fausto,
porque doña Juana y él
otras tantas se enfadaron
e hicieron las amistades;
de modo que seis lacayos
anduvieron todo el día 
detrás de mí, destacados.


ISABEL

¡Don Pedro! 


PEDRO

                     Con tu licencia
desempeñaré mi encargo.
¡Dueño mío! (Se arrodilla.)


ISABEL

                      Con más gracia 
se requiebra.


PEDRO

                      ¡Dueño amado!
Seré tierno, seré dulce,
seré...


ISABEL

             Vaya usté en un salto,
y tráigame un alfiler.


PEDRO

Iré lo mismo que un rayo.
(Entra corriendo.)


HILARIO

Mujeres todas son falsas.


ISABEL

Los hombres son unos santos.


PEDRO

(Saliendo.)
Aquí está, mi bien.


ISABEL

                               Más pronto
se ha de hacer lo que yo mando.
(Le tira un pellizco.)


PEDRO

¡Ay, mi bien, que ésta es mi carne!


ISABEL

Pues cuidado con mis manos.


PEDRO

(A Hilario.) Haz las paces, por tu vida,
que esta mujer es el diablo,
y en dos días enterró
al substituto.


HILARIO

                      No trato
de humillarme.


ISABEL

                         Don Pedrito,
aquel libro...


PEDRO

                       Voy volando.
(Corre a la mesa y se lo trae.)
Ya está aquí, mi dulce dueño.


ISABEL

No sea usté tan atronado. (Lo pellizca.)


PEDRO

¡Mis ojos; que no soy piedra!


ISABEL

Así lo iré yo amoldando.
Lea un poco.


PEDRO

                      Sí, señora.
"Capítulo veinte y cuatro.
Desapareció la noche
y salió el alba en su carro..."


ISABEL

Ni aun para eso tiene gracia.
(Le tira el libro.)


PEDRO

¡Ay, que me ha descalabrado!
Hombre; desenójela,
que ya estoy descuartizado.
Yo te serviré de empeño.


HILARIO

No te canses; ni pensarlo.


PEDRO

¿Si será martes? ¡Jesús
y qué día tan aciago!


ISABEL

Corra usted por la labor.
¡Qué cortejo tan pelmazo!


PEDRO

Hoy rodaré por la sala,
si Dios no hace un milagro.
(Vase corriendo.)


HILARIO

Puede ser que se arrepienta.


ISABEL

Me salvaré en ese caso.


PEDRO

(Saliendo con la almohadilla.)
Aquí está.


ISABEL

                 ¿Adónde va usted?


PEDRO

Estoy, señora, citado
para las ocho.


ISABEL

                       No quiero 
que se vaya usted.


PEDRO

                              Me marcho,
porque es fuerza.


ISABEL

                              ¡Vil cortejo!
(Le tira la almohadilla.)


HILARIO

Todos huyen de su trato;
todos la dejan.


ISABEL

                         Prometo
mañana desengañarlo.


HILARIO

¿De qué suerte?


ISABEL

                           Como guste
de venir, verá en mi estrado
la flor de Cádiz; mil niños
que, a mis pies arrodillados,
estarán de un sí pendientes.


HILARIO

Siempre ha gustado de trapos.


ISABEL

Ya se ve; no son sujetos
de su carácter. 


HILARIO

                         No aguanto,
mi señora, tales zongas.
Si usted prosigue...


ISABEL

                                Mil cantos
hay en la calle; lo sé...


HILARIO

¡Por vida!...




Salen JUAN, DOÑA TECLA y DOÑA ANA.


TECLA

                      Ya estáis votando.
¿Qué es esto, Isabel?


ISABEL

                                   No es nada.
Las cosas de don Hilario.
Dime, Anita, ¿y don José?


ANA

En casa dejé encargado
que le enviasen acá.


ISABEL

Sí; pasaremos el rato.


JOSÉ

(Saliendo.) Señoras; beso los pies
de ustedes.


ISABEL

                   Vamos tomando
asiento.


JOSÉ

               ¡Qué buena obra,
vengo a leerlas!


ISABEL

                           ¿Es rasgo 
de erudición?


JOSÉ

                       No, señora;
es un profundo tratado
de crítica que ha compuesto
don Pedro de Montefalco.


TODOS

¿Y qué tal?


JOSÉ

                   Yo no sé más 
sino que es curioso.


ISABEL

                                Vamos;
diviértanos usté un poco.


JOSÉ

Hoy he logrado pillarlo,
revolviendo sus papeles.


ISABEL

Veremos su entendimacho.


JOSÉ

Pues dice así: "Observaciones
de don Pedro Montefalco
sobre el mérito de varias
currutacas."


TODOS

                    ¡Bravo, bravo! (Aplaudiendo.)


JOSÉ

"El día 22 de julio
cortejé a doña Ana Claros;
la mujer más melindrosa
que habrán visto los humanos."


ANA

¡Qué insolente!


JOSÉ

                          Escuche usted:
"Siempre lleva guantes blancos,
porque sus manos parecen
unas suelas de zapatos."

ANA

¡Qué infame! Si lo pillara...


TODOS

¡Vaya, que está bueno el chasco!


JOSÉ

"A doña Tecla Domínguez
cortejé en el mes de mayo;
la mayor tonta de Cádiz."


TECLA

¡Que hable de mí el perdulario!
He de sacarle los ojos.


JOSÉ

Oiga usted: "En el calzado
tiene toda su manía,
y parecen los zapatos
unas lanchas cañoneras,
según son anchos y largos."


TECLA

La cólera me sofoca.


ISABEL

¡Vaya, que el lance es pesado!


JOSÉ

"De doña Isabel de Parra,
aunque no la he cortejado,
tengo sobradas noticias
de su manía."


ISABEL

                       Veamos.


JOSÉ

"Quiere parecer hermosa;
y como en sus tiernos años
unas malignas viruelas
el cuero la socavaron,
se dio a la albañilería,
y su ejercicio diario
es echar pellas de cal
en hoyos y desconchados."


TODOS

Mira, mira cuál te pone.


ISABEL

Por eso yo no me enfado;
sólo, sí, le pronostico
sus ciento y cincuenta palos.


HILARIO

Esos yo se los daré.


ISABEL

También eso es excusado.
Nosotras, las agraviadas
somos y tenemos manos.
¡Muchacha!


FELIPA

(Saliendo.) ¿Qué manda usted?


ISABEL

¿Hay muchas escobas?


FELIPA

                                      Cuatro.


ISABEL

Pues ve a traerlas. Ustedes
(A los hombres.) 
escóndanse en ese cuarto
cuando venga.


HOMBRES

                        Está muy bien.


ISABEL

Y ustedes, a mis mandatos
estén atentas.
(Sale Felipa con las escobas y cada cual coge la suya.)


FELIPA

                      Pues vayan
las escobas.


ISABEL

                    Ten cuidado
de ponerte en esa puerta,
de centinela; en entrando
don Pedro...


FELIPA

                      Quedo enterada.


ISABEL

Callad, que he sentido pasos.


ANA

Él es.


ISABEL

          A esconderse pronto.


HOMBRES

A la vista nos quedamos. (Se entran.)


ISABEL

El papel.


JOSÉ

                Tómelo usted.




Salen ISIDORA y DON PEDRO.



ISIDORA

Isabelita, ¿qué cuadro
es éste?
(Felipa se pone a la puerta, y todas están con las escobas alzadas.)


PEDRO

              Qué, ¡van ustedes
a barrer el Campo Santo?


ISABEL

A barrerle esas espaldas,
amado cortejo, vamos.


PEDRO

¿Tiene usted algún martirio
de nueva invención?


ISABEL

(Le agarra por una oreja.) ¡Villano,
maldiciente, baladí!
¿Cómo tiene el mentecato,
valor de satirizar
a las damas?


PEDRO

                     ¿Cómo o cuándo?


ISABEL

Este papel, de su letra, 
lo condena.


PEDRO

                    ¡San Macario!
Mi bien; si éstas son mis obras
póstumas. ¿Quién las ha dado
al público?


ISABEL

                   ¿Quién? Un duende
que me dice todo cuanto
hacen mis cortejos.


ISIDORA

                               Vaya, 
que está muy pesado el chasco,
y no quiero que prosiga
viniéndome acompañando.


ISABEL

Puede ser que tú también
estés en lista. Veamos.


ISIDORA

No es posible que don Pedro
procediese tan ingrato
con una dama que admite
sus interinos halagos.


ISABEL

En efecto; ya te hallé,
y dice...


ISIDORA

               Detén el labio
y no leas..., pues del pecho...
el corazón... a pedazos...
quiere salirse..., y no tengo
ánimo para escucharlo.
Denme un succino, señoras, 
porque el mío no lo traigo.
(Se desmaya sobre el hombro de don Pedro.)


ISABEL

En leyendo estas dos líneas
acudiré a su desmayo:
"A doña Isidora Soto,
aunque no la he cortejado,
sé que le apesta el sudor
continuo de los sobacos."


ISIDORA

(Vuelve en sí y embiste a don Pedro.)
¿A mí, perro?


PEDRO

                       Dueño mío,
¿tiene usted dedos o garfios?


ISABEL

Detente, Isidora.


ISIDORA

                            Tengo, 
con las uñas, de sajarlo.
¿Olerme mal el sudor?
¡Miren qué embustero! Cuando
en agua de azahar y rosa
todos los días me baño.
¡Jesús! Mañana ha de darme
testimonio un escribano
de la ropa que me quite,
y haré al punto publicarlo 
en las tertulias.

ISABEL

                         ¿Queréis 
hacer este asesinato
con todas sus ceremonias?


TODAS

Como quieras.


PEDRO

                         ¿Qué he escuchado?
¡Matarme quieren! Mis dueños;
acordaos de mis halagos,
de las carreras en pelo
que por vuestro amor he dado.
¿Quién en vuestras soledades
os asistirá, si falto?
Yo soy remedio y figura
de un cortejo propietario;
yo soy la llave capona
del amor; el secretario
de los antojos; el simple
cubierto de los estrados;
y, en fin, soy el bastonero
perpetuo de los saraos.


ISABEL

No sirve alegar servicios,
después de tantos agravios.
Hínquese aquí de rodillas.


PEDRO

Las tengo llenas de granos.


ISABEL

¡Hínquese, o si no...!


PEDRO

(Se arrodilla.) Ya estoy.


ISABEL

Ahora levantad en alto
las escobas, y a la seña
de este pañuelo, aplastadlo.

(Doña Isabel da su escoba a Isidora y saca un pañuelo para hacer las señas. Todas tienen las escobas levantadas.)

 

PEDRO

¿Cómo es esto? ¿Soy araña,
que me matan a escobazos?


ISABEL

Atención.


PEDRO

                 Un poco, esperen.
Moriré como cristiano.
¡Santos cielos! ¡Que no salga
un ratón de algún armario,
para ver este escuadrón
desaparecer chillando!


HOMBRES

(Saliendo.) ¿Qué ruido es éste, señoras?


PEDRO

Pepito, Juanito, Hilario,
favorecedme.


MUJERES

                       ¡Que muera!


PEDRO

Apelo, apelo a los machos.


ISABEL

Está bien; que lo sentencien;
pero, señores, cuidado,
que está confeso y convicto.


JUAN

Pues en virtud de estos autos,
sentencio que lo degüellen.


PEDRO

Pues a fe que es lindo pago,
después que siendo tan feo,
tan tonto y tan perdulario,
te presenté a doña Tecla.


HILARIO

Yo sentencio lo contrario;
pues la mujer que en su casa
da silla a tal mentecato,
eso y mucho más merece;
y así, por mí, perdonado.


PEDRO

Hombre, ¿para qué te precias
de filósofo, si cuando
riñes con doña Isabel,
por la boca arrojas sapos 
y culebras?


JOSÉ

                    Pues, señores,
yo elijo un medio entre ambos;
y así, sentencio que salga
con vida, pero a escobazos.


PEDRO

¿Son carreras de baquetas?
Miren que no soy soldado.


ISABEL

¡Sentencia justa! Muchachas, 
deshollinadle los cascos.


PEDRO

Déjenme tomar siquiera
la delantera cien pasos.


TODAS

¡Salga el pícaro!


PEDRO

                            ¡A la guardia!


TODAS

¡Duro con él!


PEDRO

                       Que estos diablos
me matan.
(Le persiguen hasta el bastidor con las escobas.)


ISIDORA

                  Los escalones
los salta de cuatro en cuatro.


ISABEL

En las tertulias
se publicará este caso,
para que ninguna admita
tales muebles; pues es claro
que el crédito de una dama
corre peligro en su labios.


ISIDORA

Yo a mi casa me retiro,
pues me he sofocado tanto,
que temo me den doscientos
accidentes en llegando.


TODOS

Y aquí da fin el sainete;
pedonad defectos tantos.


FIN

 


 

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