Blanca Strepponi

Diario de John Roberton

 

Pablo Sycet: Después de la batalla

 


 

1º de enero de 1819

Las tropas que esperamos no están aquí sino en El Palmar.
Damos marcha atrás.
Las tropas no llegan.
Ya es de noche.
No son 1.200 los hombres de general Monagas, sino 400 soldados desnudos y 50 ingleses bajo el mando de Rooke.

Descienden las aguas del río
y aparecen bancos de arena
con miles de tortugas y sus huevos
de los cuales comimos

para capturar a las tortugas
basta esperar a que salgan del agua
y avancen en la arena
tomándolas por el borde
del caparazón
y tirándolas de espaldas
pierden todos sus poderes
así derribadas
y sin poder escapar
son llevadas donde uno quiera

(...)

Estoy extenuado y aún así no logro dormir
el mugir de miles de reses
el relinchar de tantos caballos
el rebuzno de cientos de mulas
el chocar de las armas el santo y seña que pasa
de una a otra partida de soldados
el ulular extraño
melancólico de los indios
que cantan reunidos
alrededor de sus fuegos

el cielo oscuro sobre el río
oprime el aire

(...)

Cuelgo mi hamaca bajo los árboles 
y cierro los ojos. Sueño: 
 
Como tempestad 
que pasa por el Neguev 
vienen del desierto 
del país espantoso 
 
Logro huir y estoy a salvo 
en Edimburgo 
la ciudad helada 
Camino por el borde
           de abruptos peñascos
           estremecidos por los vientos
           del mar del Norte

¡Ah, días inocentes de mi amada Escocia!
frías lluvias de Highlands
blancos, monótonos hielos
nieves de mi infancia

Ah, Príncipe del Mal
Ángel Caído
¿Dónde conservas tu grandeza original?

Algo me golpea y despierto con el rostro cubierto de sangre.
Un indio me da a entender por señas que el golpe fue causado por un murciélago.

Siento lo insustancial de todas las cosas, salvo mi desgracia.

(...)

Sueños llenos de horror me impiden descansar

           cada animal de este país
           desde el más pequeño insecto
           hasta el más grande cuadrúpedo
           es carnívoro

           no hay vegetales
           pan
           leche ni granos

           en realidad no hay nada
           excepto carne

(...)

Nos detuvimos porque domarán caballos y mulas salvajes para poder acelerar la marcha con bestias frescas.

La doma se hace así:

          enlazado el caballo
               lo tumban

               sujeto con fuerza
               le colocan el freno
               y la silla de montar

               el domador sube a la silla
               toma el freno
               y junto a varios más
               armados de garrotes
               golpean al animal
               en la cabeza
               hasta que se levanta

               una vez en pie
               lo vuelven a golpear
               y el caballo cae

               luego lo colocan
               entre dos caballos frescos
               y los tres se lanzan al galope
               hasta que el domado
               cae 
               exhausto

               ya está así amansado para siempre
               pues su espíritu
               ha sido destruido


 

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