Basilio Sánchez

Entre una sombra y otra

 

Nicoletta Tomas: Sin título

 


 

ESPACIO

Escribo casi a oscuras,
en las habitaciones
pequeñas de la casa, donde difícilmente 
podría caber un hombre.

Me obstino en la palabra que se dice al oído, 
que empaña los cristales,
que humedece los bordes de la página.

Presiento que un poema 
es un ruido que se intuye a lo lejos,
la puerta que se abre al otro lado
de una misma ciudad.
 
Por eso cada noche,
                            después de que el cansancio
consigue disuadirme, dejo sobre la mesa 
una vela encendida:
la lámpara votiva de una iglesia sin culto,
desprovista de imágenes.


PASEO NOCTURNO Al final de la calle, la última farola traza en medio de un círculo su representación de la piedad. La noche, sin mirarnos, ha ido deshojando las ramas de los árboles, ha hecho caer las flores sobre un musgo invisible. Más allá de los árboles, al fondo, toda la oscuridad es una puerta que se cierra hacia dentro, una verdad sin ruido. En medio de la calle nos movemos al compás de las sombras. Va quedando a lo lejos la ciudad, también sus luces, un paisaje cubierto de estrellas accesibles, un firmamento acaso a la medida del hombre. Nos duele sólo aquello que dejamos atrás, toda la vida que ha seguido viviendo a espaldas nuestras. Es un dolor tranquilo, nos decimos, una melancolía silenciosa, una de esas tristezas que se pueden llevar en una mano. Y el corazón lo sabe: la tristeza pesa más que la muerte, no se oculta, forma parte del agua de los ojos, del agua de los labios, de las mismas palabras, está en su lentitud, en este roce suave de la hierba con la última sílaba. Hemos andado mucho, hemos ido pasando poco a poco por todas las edades y a oscuras casi siempre, con nuestra media luz. Cuando amanezca, dentro de unas horas, sabremos si la vida decidió perdonarnos.
PAISAJE DE INVIERNO Donde el agua se espesa, una palabra que se queda en los labios es un hilo de nieve. Donde la voz se pierde está el secreto de las manos del frío, de todas las pequeñas hojas cristalizadas. Una estrella oscilante se detiene para la intimidad de la vigilia. La calle está mojada, el paseante va pisando la luna bajo la indiferencia de los árboles, bajo la indiferencia de una noche que ahora mismo se ordena sobre las previsiones de sus lámparas. Como un faro en lo alto, la luz en la ventana de una mujer que duerme ilumina los ojos de otra mujer que, al borde de la cama, permanece despierta mientras crece la sombra de sus manos, su invisible soledad de otro mundo. La herida del invierno te ha llevado a creer. Para entrar en lo blanco, vas a necesitar el corazón.
CALLE CON ÁRBOLES Caminamos a tientas, el aire de la noche empuja las palabras que nos cuesta decir, las conduce de tu boca a la mía. Tal vez el mismo aire que eleva las plegarias, los temores legítimos, esa llama atrapada todavía en el estrecho círculo de la conciencia. Cae a un lado y a otro la oscuridad en copos de los árboles. Por encima del hilo donde un pájaro calla, sobre un cielo tan bajo que refleja todo lo desvalido de este mundo, va pasando el silencio de una nube, su poco de agua dulce. A esta hora, cuando los hombres duermen, el silencio de las casas habitadas cae sobre el silencio de las casas deshabitadas. La calle brilla entonces como los días de lluvia, quizá como los ojos de los muertos recientes.
UNA CASA EN EL AGUA El mediodía es tan alto como nosotros. La luz hace visibles las raíces del agua, el oro de las flores en la víspera de las abejas. En el recogimiento de las frutas hay un silencio roto: su alma es una gota suspendida en lo alto. El tejado que oscila, la luz que va dejando en los cristales su claridad azul, la puerta que se abre hacia un silencio extremo, devastador. Aún hay alguien que vive en esta casa reflejada en el agua, alguien ensordecido por el lento gotear de las hojas.
LA LUZ EN LA VENTANA Un ángel que vacila ante la última hoja, un pájaro abatido con su pequeña alma. La bruma que se extiende como el agua empañada por la respiración de un hombre y el hielo de las nubes en el suelo nocturno, en un mundo cubierto de ceniza. El grosor de una hoja atravesado por la gota de agua. Las decenas de pájaros que desde los tejados de las casas se preparan para un distanciamiento sin violencia. El peso azul del agua sobre la mano abierta, la oscuridad que espera agazapada en las raíces de los árboles dulces. La luz sobresaltada en las ventanas que ahora voy encendiendo. La escarcha en los cristales que me ofrece, como todo lo vivo, la tibieza de una flor persuasiva.
EL UMBRAL La claridad se agota sobre los pavimentos. Poco a poco se nos van las palabras, se elevan por encima de la línea de sombras que hay sobre nosotros. La altura de la mano que sostiene una vela es la altura del mundo. Aún no tenemos nada, sólo el vaso de vidrio que hemos puesto en la mesa, y la esperanza que hace mover el agua. Ya todo está tranquilo: la memoria vuelve verde las hojas, el frío da reflejos azules en los ojos, hay una flor oscura, que todavía no es nuestra, en el umbral. Un corazón que late vertical en el suelo, dispuesto a envejecer. Mi deuda con la vida es este hombre del tamaño de un puñado de tierra que ahora escribe.


 

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