Antonio Redondo Andújar

Un cuento cotidiano


 

Henri Matisse: Lujo, calma y voluptuosidad

 


 

Un hombre y una mujer discuten airadamente. Él se mesa los cabellos y se rasga las vestiduras, poco antes de abandonarla definitivamente. Aparece otro hombre y discute airadamente con la misma mujer. Ella se mesa los cabellos y se rasga las vestiduras, poco antes de abandonarlo definitivamente. Éste otro discute airadamente con otra mujer, se mesa los cabellos y se rasga las vestiduras, etc.

 

Un joven -apoyado en la pared de una panadería- espera a su mujer -que está comprando pan- con aire derrotado. De pronto, una señora lo toma por mendigo y se decide a darle una limosna. Él le hace ver su error y no la acepta. Ella sonríe, al tiempo que se aleja. Se mira, luego, el joven su atuendo: toda su ropa es nueva o casi nueva. Lo único criticable de su aspecto es su incipiente barba y su cabello largo y mal peinado. La señora y el joven, por distintos motivos, después del altercado sienten cierta vergüenza.

 

Un hombre está sentado en la terraza de un café. En la mesa hay un jarrón y en el jarrón unas lilas de plástico. El hombre coge una de ellas y la huele, digamos, con cierta fruición. Luego la arroja al suelo. Se levanta y la pisotea. Una niña le ofrece un ramo de amapolas silvestres. Las huele con arrobo y llora como un niño.

 

Un hombre y una mujer discuten, pero acaban riendo. Él la besa en la mejilla y, tras alisar los pliegues de su traje, la deja sola un momento. Aparece otro hombre y le hace a la mujer una breve serie de proposiciones lascivas. Ella, ofendida, mira hacia otro lado y se entretiene alisándose los pliegues de la falda. Aparece el primer hombre y, sin mirar al segundo, abraza a la mujer. Ambos desaparecen de la mano. El segundo lleva el traje arrugado.

 

Un hombre está dando de comer a las palomas. Una mujer le insulta y él se encoge de hombros. Poco después, la mujer le pide perdón y él sonríe, afectuosamente, disculpándola. La mujer se aleja. Entra en su casa. Da de comer a un par de periquitos y les abre la jaula. Tímidamente escapan por la abierta ventana. Ella los ve alejarse y llora de alegría.

 

Dos hombres de mediana edad miran con interés a dos mujeres jóvenes. Ellas sonríen maliciosamente. Un poco más allá, dos mujeres maduras miran con interés a un par de jóvenes. Ellos sonríen maliciosamente. En un parque cercano dos honrados ancianos miran con interés a un par de niñas que juegan con muñecas. Ellas sonríen casi con malicia. Un poco más allá, dos honradas ancianas miran con interés a un par de niños que juegan con muñecos. Ellos sonríen casi con malicia. Y viceversa.

 

Un joven se apresura. Llega tarde al trabajo. Se cruza con la joven que, dentro de unos años, será su dulce esposa, pero no siente nada. Ella, en cambio, ha sentido un no sé qué difícil de explicar al cruzarse con él, apresurada. Llega tarde al trabajo.

 

Una niña infla un globo y se lo entrega a un niño. El niño intenta verla a través de él. Lo que ve no le gusta y pincha el globo. Ella llora y se pone colorada. Él pensaba al pincharlo que la niña es muy guapa. El globo le impedía contemplarla.

 

Dos amigos conversan, luego la policía desconfía. Dos amigas dialogan, luego la policía desconfía. Una pareja, de la mano, ríe, luego la policía desconfía. Dos ancianos discuten, luego la policía desconfía. Dos ancianas murmuran, luego la policía desconfía. Un grupo numeroso de niños alborota, luego la policía desconfía.

 

Una mujer se asoma a la ventana. Cuando lo hace, llueve y, al cerrarla, el sol brilla. Si ventila la casa se pone el chubasquero cuando sale a la calle. Si no, se pone un traje de verano y se va de excursión a la montaña o a bañarse en el mar y a tumbarse en la ardiente arena de la playa.

 

Un hombre está esperando un ascensor. Una mujer se acerca con sigilo y le da un susto, pero no de muerte. Ambos ríen contentos, pero ella un poco más. Cuando era niña, a ella la asustaban. Según su esposa y todos sus amigos, él nunca asustó a nadie.

 

Antes de que anochezca, un joven melancólico se ha quedado parado en medio de la calle y ha alzado lentamente la cabeza para mirar al cielo. Los viandantes, no; miran al joven y piensan: "¡Un lunático!". Y, en cierta forma, lo es: aguarda la salida de la luna.

 

Un niño lee, ávido, el "Fausto" de Goethe. Odia los videojuegos. Una niña devora, con ansiedad, las líneas de "El Quijote". Odia los videojuegos. Un joven lee, atónito, "Das Kapital". Odia los videojuegos. Una joven, perpleja, examina la "Crítica al programa de Gotha". Odia los videojuegos.

 

Una mujer sonríe y un hombre hace piruetas en el aire, con la sola intención de enamorarla. Aprovechando aquella coyuntura, otro hombre se acerca y, sin mayor preámbulo, abraza a la mujer y ambos se besan, cómo decirlo, apasionadamente. El primer hombre, entonces, deja de hacer piruetas en el aire y los mira asombrado. Se le ha quedado, pues, como suele decirse -perdonen la expresión-, cara de idiota.

 

Un número incontable de mujeres toman el sol desnudas en la playa. Asimismo desnudo, el sol aún no sabe a cuál de ellas tomar. La luna está celosa y asoma antes de tiempo. Las mujeres escapan, lozanas y morenas, de la playa. El hombre ya citado párrafos más arriba, aparece desnudo, mirándola amoroso, pero ella, fiel al sol, con desdén lo rechaza.

 

La dadora de globos, citada más arriba, da saltos de alegría porque esta vez un hombre le ha regalado a ella otro aún más fabuloso. Cansada de saltar, se dirige a una fuente, se inclina sobre el chorro de agua cristalina y bebe ansiosamente. La ha venido siguiendo el niño que pensaba: "Esta niña es muy guapa". Mientras ella bebía, de nuevo le ha pinchado su fabuloso globo, pues, para su desgracia, en un momento dado, el globo le impedía contemplarla.

 

Un hombre dice a otro: "No me gusta el presente estado de las cosas". Le responde el segundo: "A mí tampoco". El primero desea gobernar dicho estado. El segundo, que nadie lo gobierne.

 

Una mujer se enfada con su hijo. El niño llora, al tiempo que ella grita. La mujer ha dejado de gritar, pero su hijo llora mucho más. Lo perdona y lo besa, pero poco después el niño vuelve a hacer lo que enfadó a su madre. Ella vuelve a enfadarse y, al oírla gritar, aquél vuelve a llorar estruendosamente. Lo perdona y lo besa, pero poco después el niño vuelve a hacer lo que enfadó a su madre. Ella vuelve a enfadarse nuevamente, etc.

 

Dos niños se pelean. Sus respectivas madres los separan, mirándose con odio y se los llevan, llorando, cada una a su casa. Poco después, los niños juegan juntos, riendo alegremente. Ellas no se dirigen la palabra.

 

Como hace frío, un hombre toma el sol, en mitad de la calle, esperando a que salga su esposa de una tienda cercana. Le dice una gitana: "¿Quieres comprarme flores?". Él le dice que no moviendo la cabeza. "¿No te gustan las flores?", le vuelve a preguntar y él, sin pensarlo, hace el mismo gesto. "¡Ay, qué raro, hijo mío!", le espeta, a bocajarro, la gitana. Y él no sabe por qué, pero esa última frase, sin razón, le ha dolido.

 

Una mujer se para frente a un escaparate. En su interior, un maniquí sonríe. Al mismo tiempo un hombre se sitúa, asimismo, frente a otro. En su interior, un maniquí sonríe. El hombre y la mujer se encuentran en la calle e, irremediablemente, se enamoran. Los maniquíes, ahora, no sonríen.

 

Un pajarillo no puede volar y da pequeños saltos sobre el suelo. Un niño, conmovido, se lo lleva a su casa, acariciándole, con su pequeño dedo, la cabeza. Le da migas de pan empapadas de leche. Poco después, el pájaro se muere. El niño se pregunta: "¿Si lo hubiera dejado saltando sobre el suelo aún seguiría vivo?".

 

Una mujer ve a su primer amor. Él le dio el primer beso, las primeras caricias no del todo inocentes. Siente, qué duda cabe, un estremecimiento y una extraña vergüenza. Se dirige a su casa y, nada más entrar, abraza a su marido apasionadamente.

 

Un hombre ve con otro a su primer amor, a la que lo besó por vez primera, a la que acarició su cuerpo de manera no del todo inocente. Siente, no sé por qué, una extraña vergüenza y una especie de absurda y pertinaz tristeza. Se dirige a su casa y, nada más entrar, abraza a su mujer apasionadamente.

 

Un niño que aún no habla insistente señala un objeto querido. Como no se lo dan, lucha por alcanzarlo, pero un familiar suyo se lo impide. Él llora y patalea, tendido sobre el suelo, sin consuelo. El familiar, después, al despedirse, intenta darle un beso, pero aquél lo rechaza. Ha nacido en su mente la mácula perenne del rencor.

 

Un niño juega a fútbol en la calle. Da un pelotazo a un hombre. El hombre le reprende. Sigue jugando y da otro pelotazo a una señora. La mujer le reprende. No deja de jugar y da otro pelotazo a un niño mayor que él. Éste último le roba la pelota. Llega llorando a casa y su madre le reprende.

 

Un hombre lleva un ramo de flores en la mano y, al ver cómo le miran las mujeres, se siente un caballero. Un segundo varón lleva otro ramo y, al ver cómo le miran las mujeres, pronto se ruboriza. Un tercero lleva, obviamente, otro y, como no es consciente de que lo están mirando las mujeres, camina indiferente.

 

Una niña se mira en el espejo en el que, poco antes, se ha mirado su madre. Quiere reproducir sus mismos gestos, pero no lo consigue. Se aparta del espejo, resignada. Su madre le da un beso. Le dice: "Crecerás". Ella responde: "Sí", mas se pregunta: "¿Cuándo?".

 

Un hombre melancólico piensa que, siendo niño, se sentía feliz. Era, a su juicio, libre: su fantasía no tenía límites. Hoy cree ser un hombre previsible. Sus actos, previsibles. Sus sentimientos todos, previsibles. Su pensamiento, en suma, previsible. Tan previsible como el melancólico que, al recordar su infancia, siente que sólo entonces fue feliz.

 

Un joven va paseando por la calle y un mendigo le dice: "¿No será ésta tu zona?". El le responde: "No", un poco sorprendido. Ha pensado después que, muy a su pesar, habrá de desprenderse de la cómoda prenda que más idolatraba: su ya vieja y usada cazadora.

 

Un policía corre por la acera siguiendo a un delincuente. Éste corre delante con un enorme cesto de cerezas. "Déjalo, tiene hambre", le dice al policía una señora. El que corre delante es su marido.

 

Una señora saca de paseo a su perro. Un señor, a su perra. Él le dice: "Otra vez te has echado esencia de violetas". Ella ríe, ladina. Los perros se olisquean.

 

Una mujer está tomando el sol en su balcón en pantalones cortos. Desde la calle un hombre está mirándola. En bikini, una joven igualmente lo toma, pero ésta en su terraza. Otro hombre la mira con prismáticos, volando en su avioneta.

 

Una mujer y un hombre se miran de reojo al cruzarse en la calle. Tras andar unos metros se giran, retroceden, se saludan. Un poco más allá, otra mujer y otro hombre se miran de reojo al cruzarse en la calle. Se alejan sin remedio y ambos piensan: "¿Por qué no me saluda?". Más allá todavía otra mujer y otro hombre se miran de reojo al cruzarse en la calle. Como no se conocen, no sufren por no haberse saludado.

 

Un gorrión está picoteando unas migas de pan, caídas en la acera. El niño ya citado se está acercando a él, con muy poco sigilo. El gorrión lo ve y huye despavorido. "Los pájaros me temen", dice el niño y llora como tal durante un rato.

 

Un hombre dice a aquéllos que pasan a su lado: "¡Silencio, soy científico! ¡Os estoy estudiando!". Y todos, al oírlo, se sonríen. De pronto, uno de ellos no lo hace y, serio, le pregunta: "¿Qué has llegado a saber de nosotros, los hombres?". "Que todos, salvo tú, son, no me cabe duda, animales risueños", le responde.

 

Un par de exacerbados enarbolan, vehementes, dos distintas banderas. Se miran iracundos e intentan cada uno que la suya se eleve por encima de la otra. Como tienen idéntica estatura no logran su objetivo ninguno de los dos, ni puestos de puntillas. Luego trepan a un árbol y, al hacerlo, una rama se rompe y ambos caen, se estrellan contra el suelo. Las banderas, en cambio, ondean hermanadas en lo alto, a la espera de que otros las empuñen.

 

Un coche da un frenazo en un paso de cebra para no atropellar a un transeúnte. Tras el susto, éste último -probablemente para desahogarse- insulta al conductor desaforadamente. De su interior un joven, con aire de demente, sale desenfrenado. Con sus bestiales manos intenta estrangular al viandante. Pese a que dicha escena sucede en una calle céntrica y transitada, ni un solo ser humano parece estar dispuesto a intentar impedirlo. El susto que ha sufrido el transeúnte se ha transformado ahora en un fatal terror. Mas para su alegría, aunque parezca extraño, aparece de pronto un policía, somete al conductor desenfrenado, le pone las esposas y se lo lleva no sabemos dónde ni, es obvio, nos importa.

 

Un hombre da la espalda a otro que se acerca hasta tocarle el hombro con su mano amistosa -con la otra, más fría, sostiene un cigarrillo-. El primero se gira y dice únicamente, con alborozo: "¡Hombre!". De ello se deduce, obviamente, lo dicho: que se ha alegrado al verlo, que ya se conocían y que probablemente hacía mucho tiempo que no se habían visto. Poco después se abrazan, mas se separan luego avergonzados. Conforme dialogan la alegría decae y, al despedirse, guardan la distancia: sin mirarse a los ojos se dan un apretón desabrido de manos.

 

Un niño de cuatro años mira a un grupo de niñas que saltan a la comba. No lo hace por lascivia. Tampoco porque sea afeminado. La razón es que ayer jugaba a lo que aquéllas con sus dulces hermanas. Por ello aún no entiende por qué los otros niños le dan de puntapiés a una pelota o que, llegado el caso, se los den, sin querer, los unos a los otros.

 

Antes de que anochezca se iluminan las calles. Los pequeños comercios han cerrado y los grandes a punto están de hacerlo. Un par de perros ladran a la luna y el ya citado joven, nuevamente vestido, se los queda mirando. Los bares están llenos de alegres ciudadanos. Y a esta hora los niños, si no están acostados, o bien están cenando o tienen puesto ya su cómodo pijama.


 

Cabecera

Portada

Índice