Antonio Redondo Andújar

El poema posible


 

Vincent Van Gogh: Dos cipreses

 


LA voz se aleja
como la nube huye
un invierno del cielo.

Se enorgullece un pueblo
si maquilla su faz,
su faz de podredumbre.


SE acercan las nubes,
sus alas de agua.

La noche se ha postrado,
como un perro, a mis pies
y un ángel nos envuelve.


EN el agua,
en los cálices,
en la sombra,
en el llanto,
en el remordimiento,
en el cielo...
yo canto.


EN la frente
un árbol deshojado:
el poema posible.


EL llanto, la herida,
el verso derramado:
el espejo de agua
tras el que te persigo.


EL ángel de la noche
muerde la luna blanca
que ha crecido
en tu pecho.


HAY sed en las alcobas
cuando al caer la noche
me arrancan del poema.


POR las paredes tristes
un río se desliza
como una enredadera.
De él brotan negros cuervos
que con sus torpes picos
golpean nuestra puerta.


HABRÁ de ser hermosa
la muerte, pues se oculta
como oculta la vida
su beso más profundo.


NO se apena la luz
por ser negada.
Se apena cuando emprende
temblorosa
el duro recorrido
de un rostro envejecido
por la pena;
se apena cuando escapas,
aún niña, de mis manos.


SOBRE el soporte estéril
del suspiro
hoy he escrito estos versos.
Mi habitación
no tiene enredaderas
y el ángel de la noche
ha huido de mis labios
y ha vertido su sangre
en las negras acequias.


DERRAMO mis palabras
sin sentido
en tu tibio regazo.
En tus brazos las meces
y un resplandor sin nombre
con su fulgor nos ciega.


LA luz más verdadera
se ciñe a tu cintura
como se ciñe al cielo
de un desolado día
el difunto matiz
de la pena uniforme.


LA vida es un desierto
poblado de amapolas
cuando la voz del hombre
es un triste relámpago
que brilla mientras dura
el tiempo de la siembra.


TU sed, por tan profunda,
descansa entre las hojas
de un libro aún en blanco.
Una serpiente fría
se arrastra lentamente
desde el lejano día
en que nacimos todos
a un amor ya sin luna.


EN tu cuerpo descansa
un alba adolescente.
Es hermoso y es triste
ver tus manos atadas
por algas de desidia
y sospechar que aún amas
el olor del incienso.


¿DÓNDE irás, amor mío,
cuando otra luz me envuelva
y anuncien los clarines
el fin de la partida?


CUANDO no queda nada
un ciprés nos entrega
raíces de ternura.


 

Cabecera

Portada

Índice