Agustín María García López

De un manuscrito hallado en Algeciras


 

Joan Hernández Pijuan: De la casa y el árbol II

 


Para Ana María

 

        FRAGMENTOS DEL LIBRO PRIMERO

 

 

        1

 

        Entre tus tejas viven, del sueño en el fracaso, prisioneras, mil muchachas añiles. Nadie podrá atreverse a esbozar sus perfiles: mil carbones ardiendo guardan las oquedades donde la tinta china desvelara sus últimos secretos.

 

 

        2

 

        Nadie subió al navío, a las escotaduras abiertas en canal, sajadas de salitre. Los labios -llagas vivas-, dos heridas de sal. Umbría acanaladura. Asargado velamen. Pretérito imperfecto.

 

 

        3

 

        Animales de plomo, acerados, fluidos, en la gris acuarela del viento de Poniente, sobre el rostro mudable de la mar que nos cerca, por la cubierta añil de los diques flotantes. Desarbolados, desiertos corazones...

 

 

        4

 

        En la espiral del viento se han enredado racimos de recuerdos, polvillo de las alas de huidas mariposas, amapolas quemadas, reflejos de la luna por los lagos, camaleones, limacos de la lluvia...

 

 

        5

 

        Haz y envés de las hojas. Haz y envés de la cal. O de la nieve.

 

 

        6

 

        Hoy, hay rosas de miel, y vino, en el recuerdo. Regusto de olivares y de trigo. Hoy, tan sólo el beso de humo de los puestos de castañas arropa en su neblina a tanto y tanto olvidado corazón.

 

 

        7

 

        La voz del agua dice del misterio que vive en las sirenas de los barcos. De las peñas tajadas, y de las aventuras que nunca volverán. La voz del agua surca el tiempo herido, puro espacio del sueño, de un castillo sin puente levadizo, sin camino de ronda, un castillo de Nunca Volverás.

 

 

        8

 

        Han podado los árboles. El viento de Levante perdido en soledades.

 

 

        9

 

        Atormentaba la tormenta al mar. Cortando de raíz la voz del agua. La voz del agua, sí, la voz del agua; un siete que desgarra todo el mar.

 

 

        10

 

        Las anclas herrumbrosas, naufragio de claveles, desdicen a las quillas, al sol de la aventura, a la mañana clara; perdidas como perlas sin perfiles, las anclas herrumbrosas...; con exvotos de conchas, aún vivas, las anclas herrumbrosas...

 

 

        11

 

        No vivía en la tierra. Ni en el mar. Ni en el aire. Ni tampoco en el fuego.

        Pero había desangrado su corazón en la copa de un árbol, teñido de aventura la espuma, encendido la brisa con vilanos de oro.

        ¡Hace ya tantos años...!

        Quizás fuese la tierra, y el mar; y el aire, el fuego... O nada.

 

 

        12

 

        Pronunciamos palabras olvidadas: orozuz, libertad, calcomanía, palmito.

        No es otro el juego triste de las tardes.

 

 

        13

 

        Los bastidores: crecientes y menguantes. Lunas nuevas. Lunas llenas. Agujas de marear. Encrucijadas.

        Muestrario de los vientos que se han ido:

        -Hilachas, ¿de qué color?

 

 

        14

 

        Errada -por un país de abanico- llevamos la vía. Con nuestros pies hundidos en el barro de todos los senderos. Barreras invisibles que nos hurtan las flores, que nos niegan las rosas. Que amortecen el canto de la alondra. Ballesteros que siempre la matan al albor.

 

 

        15

 

        No bastaron las forjas para enrejar el mar. Roleos y volutas juegan a niños tristes; son cuatro las esquinas que abren y que cierran su corazón de cal. Vástagos y doseles; salitre de los llantos de muchachas que no desembocaron en la mar.

 

 

        16

 

¡Mas es mía el Alba de oro!
RUBÉN DARÍO

 

        En esta tarde triste que da fin al otoño, precipitada en llamas y en mudos aldabones, evoquemos, hermanos, e invoquemos un tiempo de claveles.

 

 

        17

 

        Ya sé      sagrado      el suelo      de Babel.

 

 

        18

 

        Clara pincelería:

        Carmín de alizarina, carmesí:

        Trazos-tirabuzones-gorriones
que por el aire vi:

        Pintores,
los que fuéredes allá por las majadas al otero,
oíd, oíd:

        Guardad en las carpetas el vago apunte añil
de este desdibujado,
perdido,
envarbascado
corazón
              de gris.

 

 

        19

 

        Corazones llagados por la arena invisible donde los niños duermen entre el humo olvidado de un incendio de acacias.

        Nunca tramó el silencio tapices más sutiles.

        Con hilos de tristeza se fue hilvanando el mar.

 

 

        20

 

        Coronado de agua recorro el laberinto; me adentro por tus calles de zarzales ardiendo. Zozobro en las sirenas de tus mudos recuerdos; por tus altas bodegas de bolitas de anís... Y me quedo soñando. Con trenes en la noche. Con risas de otras lluvias y otros sueños. Por entre el cisco húmedo de un hato de recuerdos, de un racimo olvidado de alhucemas y besos.

 

 

        21

 

        Signo y flor, la ciudad. Ramajes rotos, negros, que por el envés vi. Sangre de letras chinas, chaparrón clamoroso que acera el caminar. Puente de plata inverso. Caramelo de cal.

 

 

        22

 

        Un delantal con lluvia y con jazmines.

 

 

        23

 

        Si es de azúcar la lluvia, ¿por qué apenas nos roza?

 

 

        24

 

        Érase que se eran siete torres firmísimas; por ellas se hundía el viento con gavilanes de agua; érase que se era una dama más alta que las mismas estrellas: en cañamazos crudos, con agujas de bruma y ovillos de silencio, bordando besos leves, su sangre deshojaba...; érase que se era...

        Bajo el cielo de plata, bautizando a las nubes, sitiada por las aguas..., borda esta tarde gris.


 

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