Alejandro López Andrada
El humo de las viñas
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TRAS LOS TILOS Muy lejos, en el recodo de una tarde, aún suena el oleaje de los trigos. Llenándose de ausencia alarga el sol su lento brazo de oro hasta las juncias. Cose una niña ciega el corazón de un águila en un lienzo. Hay servilletas, cucharas de vainilla, un plato hondo en el que silba un tábano. Ceniza. De nuevo se alza el humo entre los tallos sagrados del silencio. Tras los tilos, a un paso del columpio, en un balcón, la luz de aquella infancia aún tiene frío. ("El silencio del humo")
4 Entonces, no entendíamos que el mar era una línea azulada y casi eterna que el abuelo pintaba con su voz. El mar era el silencio en los olivos, la majestad lujuriosa de aquel aire que levantaba la falda a la amargura. Padre venía a anunciarnos su orfandad: y el abuelo moría. Era en septiembre, cuando el azul se escondió en el campanario y el viento copuló con las tormentas. El tiempo estaba roto: era una hormiga abandonada en las sombras del sendero. Subía ya padre muy triste y enlutado: el mar cabía en los ojos del abuelo.
6 Camina el bosque despacio, sigiloso, como una cabellera de penumbra en la que suenan los grillos, la humedad de los maizales, el látigo profundo del aire entre las zarzas de la luz, el agua atardeciendo bajo el frío. Camina el bosque despacio entre nosotros, y caen las hojas muertas -pequeños corazones de humo y oro- cubriendo la quietud que nos perfuma. Hay algo que nos sigue: un resplandor de soledad va enhebrándose en lo oscuro. Y el bosque sigue caminando a nuestro lado, y nos susurra; sin embargo, estamos mudos.
9 De aquel silencio en los árboles, ¿qué ha sido? ¿Hacia qué sitio han volado las cigüeñas? ¿Dónde buscar la dorada letanía del somormujo herido junto al agua? La noche se hace ortiga en nuestra voz. ¿Cómo encontrar el pasadizo de los astros, la luz de los racimos en la quietud, el humo, la hoja muerta, el campanario? ¿Olvidarán nuestros ojos? Ya es invierno: el aire se hace nieve a nuestro paso. ("La luz de los racimos")