Adrián González da Costa

Rúa dos Douradores


 

Diego Velázquez da Silva: El festín de Baco o Los borrachos

 


1

II

LA pequeña mujer a quien le suelo
comprar la fruta cada día, hoy,
no ha venido hasta la plaza. Dicen
que no vendrá ya más hasta la plaza.

Movido por el hábito, interrogo
-sucede que soy hombre de costumbres-
en un puesto cercano, al vendedor,
si no tendrá melocotones buenos.
¿Melocotones, me pregunta, rojos
o amarillos? Usted dirá. De cuáles.
-Y mi respuesta me revela entonces
qué poco me conozco. La razón
de mi fracaso en esta vida y otras
futuras, si de cierto las hubiera-.
Démelos como sean. De los buenos.

III

ESPERO una llamada importantísima.
Una llamada de verdad urgente.
Llevo años enteros esperándola.

Después de tanto tiempo con la idea
hurgándome debajo de la piel,
debiera haberme acostumbrado un poco.
Y, sin embargo, sudo como suda
la novia en el altar, de blanco y sola.

Nervioso, me levanto de la silla
y paseo, nervioso, por el cuarto.
¿Si me quieren llamar, por qué no llaman?
Miro el teléfono continuamente.
Una y otra vez, miro hacia el teléfono.

2

XVIII

UNA vez me dijiste qué palabras
-no sé si lo recuerdas todavía-,
con un timbre de pena en cada acento.
Y desde entonces, este corazón,
que seguía tu ritmo en sus latidos,
late sin ritmo, desacompasado.

Mis amigos me dicen lo que oyen:
que nada dura nunca para nadie,
que vivir es andar con paso propio,
etc., etc., etc.
Y han subido, solemnemente, whisky
para brindar por cada curva tuya.

 

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