Adrián González da Costa
Rúa dos Douradores
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II LA pequeña mujer a quien le suelo comprar la fruta cada día, hoy, no ha venido hasta la plaza. Dicen que no vendrá ya más hasta la plaza. Movido por el hábito, interrogo -sucede que soy hombre de costumbres- en un puesto cercano, al vendedor, si no tendrá melocotones buenos. ¿Melocotones, me pregunta, rojos o amarillos? Usted dirá. De cuáles. -Y mi respuesta me revela entonces qué poco me conozco. La razón de mi fracaso en esta vida y otras futuras, si de cierto las hubiera-. Démelos como sean. De los buenos.
III ESPERO una llamada importantísima. Una llamada de verdad urgente. Llevo años enteros esperándola. Después de tanto tiempo con la idea hurgándome debajo de la piel, debiera haberme acostumbrado un poco. Y, sin embargo, sudo como suda la novia en el altar, de blanco y sola. Nervioso, me levanto de la silla y paseo, nervioso, por el cuarto. ¿Si me quieren llamar, por qué no llaman? Miro el teléfono continuamente. Una y otra vez, miro hacia el teléfono.
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XVIII UNA vez me dijiste qué palabras -no sé si lo recuerdas todavía-, con un timbre de pena en cada acento. Y desde entonces, este corazón, que seguía tu ritmo en sus latidos, late sin ritmo, desacompasado. Mis amigos me dicen lo que oyen: que nada dura nunca para nadie, que vivir es andar con paso propio, etc., etc., etc. Y han subido, solemnemente, whisky para brindar por cada curva tuya.