Antonio Pérez García

Poemas

 

Juan de Zurbarán: Plato de limones

 


Para Rafael Adolfo Téllez


1

Qué solo está el hogar. Ni un
rescoldo de voces hay en las estancias.
Los objetos se aduermen en sus rincones 
y ocultan sus rostros sin palabras.

Recorro los corredores oscuros
arrastrando mi encorvada alma,
oyendo el crujir de mis huesos,
quebrando las sombras de las salas.

A la mesa, el sitio desocupado,
la silla vacía: la certeza de su falta;
un sinsabor de cuchillos y manteles,
un beso ya oculto en la mañana.

Afuera, el viento retuerce insomne
su eco de aspereza enmarañada
que sólo es golpe de cal en la tierra,
golpe de azadón, tierra arrojada.

Desde que te fuiste, el silencio
responde raudo en esta casa;
sólo la tierra, a la que ya te asemejas,
atesora las noticias de tu alma.


2 Preñado está el limonero de los espléndidos limones, como dibujados por un niño. Arrogantes, ciegan su fulgor dorado sobre este febrero entristecido Desde la ventana observo esta afirmación voluptuosa que se exhibe ante el quebradizo hálito del que se amasan nuestras venas. Alguien nos envía estos signos de lo que fuimos. De pronto un golpe blando, un golpe como la caída de un anciano, como un muerto en el mar: un limón ha abierto su vientre graso sobre el suelo, mostrando sus semillas ya infecundas y su jugo viscoso, como el perdedor de las batallas. Y es ahora cuando vislumbro la senda humana del limonero, la certeza de su derrota sin épica. Tristes alientos somos, contemplándonos, sin esperar ya nada de lo que vendrá.
3 Todo lo que soñamos no fue sino agua en las manos; un poco de tenue sol entre nubes inquietantes. Atrapamos la mar y todo fue espuma, palabras que cayeron de sus versos como un cuerpo en una fosa. No merecíamos esto, no. Los que amábamos la vida, los que fecundábamos las sombras y adentrábamos la frente temeraria por entre la espinosa navaja de los rosales para alcanzar la flor, no merecíamos esto. No perdí, único, el joven fruto de mis alforjas, aunque bien sé que sostengo el lado grueso del madero. La obra secular la perdieron mis ancestros, todos los que la hicieron del barro prístino de su raza antigua. Y tú, que ya nunca te alumbrará el candil de su sonrisa.
4 Ella no sabe que le escribo, que recojo cada tarde en el jardín las más frescas palabras, a veces nobles y serenas, a veces entornadas de ira. Y las arrojo al buzón de mi pecho donde se acopian como ascuas encendidas, o como lecho en que reposa el triste corazón. A ella envío mis mensajes por el viento, que se agolpa en las callejas de mis venas y amontona sus palabras desprendidas como caídas hojas sin victoria. Ella no sabe que le escribo. Está tan abstraída. Cerró sus labios y sus libros escolares tan dulcemente como cerramos una puerta en la noche cuando se espera a quien nunca va a llegar. Ella no sabe cuántas palabras se acumulan aquí dentro, con cuánto amor se fecundan y perpetúan para no agotarse, para no extinguirse. Pues yo hago la cosecha de mis flores cada tarde, aunque ella no sepa que le escribo. Me basta con saber que el tiempo vendrá a buscarme, el río que va a la mar donde te encuentras y te encuentro, cargado para ti de mis palabras y mis flores.
5 Hoy he sacado a pasear a mi dolor. La brisa de estas tardes de primavera atenúa su desbordante rojo enfebrecido. Los caminos solitarios, el campo abierto, sólo roto por el súbito aleteo de las perdices, apiana el grito de su piel irritada. Le muestro el calmo azulado de los cielos, las lentas nubecillas pensativas; le digo que la vida pudo ser bella, que hubo una vez... Mi dolor se encenaga, se adhiere en mi pozo oscuro como un caracol al tallo del espino. Y entonces lo amenazo, lo abandono... Hacia la ciudad desconsolada huyo donde el ruido urbano me extiende sus redes, y tropiezo con la gente que me mira sin comprender esta prisa, en esta tarde primaveral donde la vida pudo ser bella. Alcanzo, al fin, la casa sosegada; me alivia el beso amarillo de los limones. Clavado en mi butaca, con la mirada en otro tiempo, se halla mi dolor esperándome, imperturbable, como la lluvia permanente de algunas tardes de invierno que nos cansa, que nos derrota.
6 ¿Has probado vivir con un puñal en el pecho? No lo intentes. El afilado de su hoja fría a los simples mortales no conviene. Déjalo para héroes de mármol sobre pedestales antiguos, o para vírgenes deshechas tras la cruz sufriente. Pero tú parecerás un aullido en el viento, la sombra tremenda que se arrastra bajo muros y bloques solitarios. Con un puñal en el pecho caminas cabizbajo, como un borracho por míseras callejuelas. Apenas puedes llamar a los otros y cobijas en tus manos la tristeza. Eres un heraldo de la muerte que tu sangrante boquete denuncia. Ya vistes el estigma escarlata de los señalados. Ya bordeas el acantilado que se inclina hacia los abismos. Pero si alguna vez tienes un puñal en el pecho no intentes arrancártelo. Acógelo como a un hijo tuyo. Es tu piedad la brisa suave que lo calma; mas guárdate de la luz que ya no vivifica: vive entre lo oscuro y lame tu herida hasta más allá de todas las noches.
7 Poco a poco, los limones más altos, aquellos que no alcanzamos a coger, van cayendo uno a uno como rotundas campanas funéreas. Poco a poco el limonero se desviste del amarillo de sus carnes, como quien arroja adioses a la hondura de un pozo. Sabemos que brotarán, otra vez, aquellos reflejos de soles redondos. Ya nos hablaron de la generosidad de la naturaleza, de su esplendor fecundo? Pero es mentira. Su ubre incesante, no hará retornar lo que único fue y se adueñó del corazón: el fruto ya insondable que no esperamos mientras observamos el engaño nuevo del azahar incipiente.


 

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