Alejandro López Andrada

Poemas

 

August Macke: Casas doradas

 


SOLO Un hombre cruza el campo en soledad. La luz tamborilea en sus pupilas. Lleva colgado el mundo a sus espaldas, todo el dolor morado de la Tierra. Esquiva el resplandor de una alambrada, se pierde entre las zarzas. Desvaído, junto al silencio enorme de los cardos que arañan sus pisadas, se detiene un breve instante. Cruza el encinar. Viene hacia mí despacio. Lo contemplo y, con asombro, veo que soy yo mismo.
SIEGA Han segado la avena hace unas horas. La noche ahora es lenta y amarilla. El viento habla despacio y huele a pan. Giro sin prisa alrededor de casa, deambulo como un torpe equilibrista rodeado por la soledad del campo. Sin darme cuenta, el mundo se edifica y, luego, se derruye en mi interior. Encinas milenarias me confortan. Hay tanta inquina y tanto odio ahí fuera que he decidido hundirme en este olvido. A nadie nunca odié, aunque me odiase. Han segado la avena hace unas horas. El viento habla despacio y huele a pan en las vitrinas de mi corazón.
HINOJO En la ternura del hinojo crezco. Lo rozo al caminar cada mañana por el asfalto con mi soledad pequeña de la mano. La luz deja sobre la carretera comarcal su delicado aliento de vainilla. Parece el encinar un bosque inédito de estatuas con los hombros de ceniza. A un lado y otro de la carretera gimen retamas como lánguidas sirvientas de un avariento príncipe. Recojo la esencia del hinojo amanecido y sube por mi alma un resplandor que ensancha las veredas del amor, los campos amarillos de mi fe.
AMANECER DEL CONVALECIENTE Inflamado el silencio, me abandono en el amanecer de un ruiseñor. ¡Qué altos giran en mi alma los vencejos! El mundo abre despacio sus persianas y el cielo ensancha un corredor violeta por el que se desliza un lento avión. En la felicidad del aire que amo, mi ingle es una hermosa cicatriz. Despierta el resplandor de la esperanza sobre mis dedos, cuando corretea la luz el horizonte de las sábanas. Intento hallar el sueño entre las páginas de un libro abandonado entre mis dedos. El alfeizar del insomnio es blanco. Al pie del cabecero de mi cama dos lagartijas juegan con la luz románica y beatífica del sol.


 

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