Antonio Gamoneda

Ha de llover

 

Jandro López: Garra sobre el río

 




Hay sequía en la luz y la ceniza llora

como mi madre. Sin lágrimas.


Ha de llover.

Ha de llover hasta que se levanten los maíces sagrados y sea posible la celebración de la muerte.


Ha de llover.


¿Por qué no? ¿Por qué no ha de llover 

en la tiniebla intestinal y en las hirvientes médulas?


Ha de llover

en los adolescentes frenéticos y en los adoradores nocturnos

y en los ancianos extraviados en la música.


Ha de llover 

en el pensamiento y en la felicidad ensangrentada.


Ha de llover sobre esta piedra enferma

donde, en la noche, cunde un resplandor

procedente de astros inservibles.


Ha de llover,

ha de caer la lluvia con dulzura

sobre los suicidas del amanecer.


Ha de llover

en la superficie cristianizada por la industria. Tiene que llover

bajo las catenarias, en Vega Magaz,

hasta que aúllen las alondras y

los ferroviarios se desnuden

y detengan la máquina que llora.


Ha de llover en la extremaunción 

sacramentalmente perversa. Tiene que llover
 
en el interior del hierro y en la furia blanca

de cien mil niños larvados por la trisomía veintiuno

y sobre la furia roja

de cien mil niños palestinos.


Tiene que llover.


Tiene que llover con ternura

sobre las secretarias parturientas.


Ha de llover

sobre los jueces y los asesinos, 

sobre los comandantes y las monjas.


Ha de llover en los prostíbulos 

y en los ministerios invisibles

y en las fístulas negras y 

sobre las serpientes melancólicas.

Y las serpientes han de silbar tristemente

todas las melodías olvidadas. Son

reconocibles por su olor a sombra

y a sustancia inguinal. Dichas serpientes

silbarán en las cajas de ahorro

y en los urinarios y en las tumbas.


Sí, ha de llover. Hoy es martes

especialmente. Hoy resucitan

los fusilados de Villamañán.


Ha de llover en las letrinas

notariales hasta que aparezcan los títulos

de la propiedad mortal y de la tristeza hipotecaria y

cien cartas de amor de Francisco Franco.


Ha de llover dulcemente sobre las niñas que abortan en octubre.

Ha de llover en la agonía de Jorge Pedrero y

sobre los visitantes lívidos.


Ha de llover en mis venas

y en mi desaparición. Causa analógica:

se sabe que los agonizantes son felices

rodeados de llanto.


Ha de llover con crueldad católica

sobre los huesos de Felipe Segundo

y de los Caídos por Dios y por España.


Agua para los prostáticos

y su dolor universal. Agua también 

para los sifilíticos y los curas. 


Agua para los Borbones

y para los mendigos y las mujeres rojas
 
que gritaban los gritos amarillos

de mil novecientos treinta y seis.
 

Ha de llover. 


Ha de llover en los pantanos

rebosantes (se dice) de fascismo y 

de tristeza imperial. Se han encontrado

poderosas razones ecuménicas

para que llueva en los pantanos. Es 

físicamente necesario a causa

de la prosperidad del incesto y
 
de los cuchillos olvidados en las iglesias. 


Ha

de llover.


Ha de llover, sí, pero no han de olvidarse

los manantiales del dolor ni las acequias

secretas de los monasterios ni

la humedad de las sociedades anónimas.


Ha de llover jamás y siempre. Con

desesperación agraria. Ha de llover

hasta que enloquezcan los metales

y el sílice y las inmensas madres

del Barrio de la Sal.


Ha de llover ya.

				¿Está lloviendo?
						
Sí, está lloviendo. Las madres

son blancas y locas.

				Vienen
								
al penal de San Marcos y 

a los laboratorios de la tortura.

				Ya

están aquí las madres. Traen

fuego de amor las madres.

				Ya

la costumbre mortal y la memoria arden.


Ya están ardiendo para siempre

con esperanza roja, con amor, maternalmente,

los juicios sumarísimos.


Ha de llover


 

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